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Juegos de guerra – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

En los últimos tiempos de la Segunda Guerra Mundial, las esperanzas nazis de evitar su aniquilación total se concretaban en las nuevas armas que estaban desarrollando, en los cazas a reacción, de los que llegaron a producir algunas unidades; en la mejora del cohete V2 y en la posibilidad de fabricar bombas atómicas. Después de la derrota, cuando los norteamericanos se llevaron a los mejores científicos alemanes sin tener en cuenta su pasado nazi, se comprobaría que el programa nuclear alemán, mal concebido y coordinado, se encontraba muy retrasado respecto al de los aliados. Hiroshima y Nagasaki lo demostrarían trágicamente.
Pero las esperanzas nazis se basaban también en otra línea de razonamiento, en otro análisis de la situación. Les parecía imposible que los aliados occidentales llevaran hasta sus últimas consecuencias su alianza con Stalin y la Unión Soviética comunista, una alianza que, en su análisis, conducía a la destrucción de la civilización occidental. Por consiguiente, se presentaron cínicamente como defensores de esa civilización; ellos, que habían conculcado todos los principios morales y los derechos humanos en que nuestra civilización se fundamenta. Concentraron sus esfuerzos en la defensa del frente oriental y esperaron en vano hasta el final una paz separada con los occidentales.

Sin embargo, la confraternización de los soldados norteamericanos y soviéticos en el río Elba demostró lo infundado de esas esperanzas nazis. Ya en las Conferencias de Washington y de Casablanca entre Churchill y Roosevelt, en las Navidades de 1941 y en enero de 1943, respectivamente, se había adoptado el compromiso de no hacer la paz por separado y de exigir la rendición incondicional. Y ese compromiso fue ratificado por los mismos interlocutores y Stalin en las Conferencias de Teherán en 1943 y de Yalta, en Crimea, en febrero de 1945.

De esta manera, los aliados occidentales concedieron prioridad absoluta a la derrota nazi y a la desnazificación de Alemania, y pospusieron su inevitable confrontación con la Unión Soviética, a la que luego de uniría China y otros países comunistas menores, como Vietnam, Corea del Norte y Cuba. Porque el análisis nazi contenía un fondo de verdad: Stalin, la Unión Soviética y el comunismo eran incompatibles con los principios de las democracias occidentales, y sus intereses estratégicos, militares y económicos tendían a contraponerse. De modo que la situación condujo rápidamente al enfrentamiento global que se denominó la Guerra Fría, con hitos tan graves como la Guerra de Corea; los bloqueos de Berlín de 1948 y 1958; el aplastamiento de la rebelión húngara en 1956; la crisis cubana de los misiles en 1962; la invasión de Checoslovaquia en 1968; la guerra de Vietnam y otros.

La colaboración con la Unión Soviética para derrotar a Alemania obligó a los aliados occidentales a aceptar las exigencias territoriales de Stalin y su subsiguiente expansión. Las fronteras de la Unión Soviética se desplazaron abusivamente hacia occidente, hasta la llamada Línea Curzon de la frontera polaca, lo que obligó a desplazar las fronteras occidentales de Polonia hasta los ríos Oder y Neisse. Alemania perdía así Silesia, Pomerania y Prusia Oriental, puestas bajo administración polaca, salvo la zona de Königsberg, la ciudad de Kant, que quedó bajo el dominio ruso y que hoy constituye el empobrecido enclave de Kaliningrado.

La caída del muro de Berlín condujo a la implosión de Alemania oriental y la consiguiente reunificación de Alemania, y significó la caída del comunismo en toda Europa central y oriental, la desaparición de la Unión Soviética y de su zona europea de influencia, y la independencia de las 14 repúblicas que la constituían junto con Rusia. Quedó así esta república como única heredera de los antiguos intereses soviéticos, pero mermada territorialmente y con sus fronteras desplazadas hacia el este.
¿Para qué recordamos todo lo anterior? ¿Qué objeto tiene rememorar tales hechos? Pues tiene el objeto de explicar lo que está sucediendo en Ucrania y lo que sucedió hace pocos años en Georgia. Rusia se resiste a su retroceso territorial y busca estabilizar y ampliar sus fronteras utilizando a las importantes minorías de población rusa que residen en las antiguas repúblicas soviéticas como resultado de las numerosas migraciones internas que se produjeron en la época comunista. Contra Georgia utilizó -y utiliza- a las poblaciones prorrusas de Abjasia y Osetia del Sur, y contra Ucrania a las poblaciones de lengua y cultura rusas de Crimea, Donetsk, Lugansk y Mariúpol.

El presidente ucraniano depuesto, Viktor Yanukóvich, al igual que su homólogo el dictador bielorruso, significan el sometimiento a los intereses de Rusia y la aceptación del protectorado ruso, mientras que Yulia Timoshenko y el Gobierno ucraniano actual aspiran a la independencia y a la liberación del yugo ruso, lo que implica su acercamiento a la Unión Europea y la OTAN.
Putin ha invadido Ucrania vergonzantemente, con tropas camufladas de milicias locales y una ayuda masiva en armamento y medios. Mientras tanto, según su costumbre, las potencias occidentales le piden que se porte bien y juegan a la guerra virtual.