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Lauren Bacall – Por Luis Ortega

   

A quienes sólo repararon en su belleza y estilo, su mirada profunda e inquietante y su figura perfecta, y a quienes sólo la consideraron como la mujer de Humphey Bogart debemos recomendarles la visión, o revisión, de Tener o no tener (1944) y El sueño eterno (1949), donde encabezaron cartelera en sendas historias de Ernest Hemingway y William Faulkner, dirigidas por Howard Hawks. Descubrirán dos joyas del cine negro, una pareja formada y mantenida en sus rodajes, cuya química traspasaba pantalla, una azarosa y breve historia de amor y dos hijos y un mito que sobrevivió, y sobrevivirá, a sus protagonistas. La década de los cuarenta consagró a Lauren Bacall (1924-2014) por su presencia en costosos repartos y con los directores más prestigiosos pero, también, por su talento, “constancia en el aprendizaje” y pragmatismo. “Ser estrella no es una profesión; es un mero accidente”, recordaba esta actriz con siete décadas de carrera, iniciada en el teatro en 1942 y cerrada en 2012 con The Forger, de Lawrence Roeck.

Participó en cincuenta títulos, incluidas colaboraciones en series televisivas de alto presupuesto y audiencia y, “selecta en la elección de amigos y trabajos”, se codeó con los grandes de Hollywood y, al contrario que otros colegas, conservó su compromiso progresista con firmeza durante la caza de brujas desatada por el senador Joseph McCarthy entre 1950 y 1956. Nacida en Nueva York, en el seno de una familia judía, escribió dos autobiografías con sinceridad, elegancia y buen humor, en las que narró su vida con Bogart (“Mi obituario estará lleno de Bogie, ya lo verán”), su breve romance con Sinatra (“Le pedía a Frank que no dijera nada, sólo que cantara”) y con su segundo esposo, Jasón Robards, un solvente actor, distinguido en todos los certámenes USA, con quien tuvo su tercer hijo y del que se separó por sus problemas de alcoholismo. “No vivo en el pasado, a pesar de que el pasado forma parte esencial de uno mismo y no se puede ignorar. Pero no miro mis álbumes de fotos y de recortes. Acaso porque están en la parte alta de la biblioteca y tendría que subirme a una escalera, cosa que a mi edad es un alto riesgo”. Ignorada por la Academia hasta 2009, cuando le concedió el Oscar honorífico a su carrera, participó en galas benéficas, apoyó al Partido Demócrata y asumió, “con paciencia, porque no hay otro remedio”, el paso de los años, “porque el curso de la vida se muestra en el rostro y que uno tiene que sentirse orgulloso de ello”. Murió hace un mes y hoy, precisamente, habría cumplido los noventa años.