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Manolo Sánchez – Por Luis Ortega

   

Que su nombre significa fidelidad al oficio, al que ha dedicado siete décadas, y sabiduría e infinita capacidad de trabajo no hay quien lo dude. Que esta exposición (la ciento cincuenta y cuatro de su carrera) satisface “una antigua ilusión”, es una confesión formulada por un buen amigo desde mis años laguneros, cuando las actividades culturales se trataban con respeto y mimo. Entonces, contra la costumbre que hace ley, Manolo Sánchez y Raúl Tabares renovaron la acuarela y, todavía hoy, recuerda con emoción y optimismo las dificultades y prejuicios vencidos. Tiene un vasto currículo, logrado con humildad y esfuerzo, con “trabajo, trabajo y trabajo”, etapas brillantes, muestras y reconocimientos fuera de Canarias – Italia y Puerto Rico, por ejemplo – e hitos que otros, con menos cualidades y más cuento y relaciones, hubieran explotado sin pausa. Sin embargo, quienes nos movemos en estos ámbitos, tan castigados por la crisis y “el desinterés por las cuestiones del espíritu”, que decía Luis Cobiella, le valoramos plenamente por su constancia y honestidad; por su entusiasmo en la promoción de la aguada isleña en el exterior, por los intercambios con escuelas foráneas -la catalana, especialmente- por la reivindicación de isleños radicados en otras latitudes y, sobre todo, por su disponibilidad para cualquier empeño plástico o benéfico que requiriera su concurso.

En este septiembre de vendimias y fiestas que avanzan hacia el otoño y en la casona del prebendado Pacheco, convertida en centro cultural, ha colgado una variada colección de acuarelas, de mancha amplia y suelta (que fue la primera contestación real a las pautas cerradas de Francisco Bonnin), plumillas de trazo breve y quebrado, con motivos de la arquitectura típica y los deportes vernáculos (excelentes pruebas de su calidad de dibujante), acrílicos de gentes y tareas campesinas e, incluso, etiquetas para vinateros conocidos. Entre todas representan una visión global del Tegueste que conoce y ama y son “obras especiales”, integradas en su colección personal y que siempre le acompañaron y otras inéditas, que recrean espacios inmutables del municipio “sin mar pero con buen vino”, como reza la copla, y visiones recién estrenadas para “una ocasión como ésta”. Manolo Sánchez, y no es una empresa fácil en ninguna circunstancia, encajó con magisterio y cariño un largo centenar de piezas del puzle teguestero que, ojalá, puedan quedar allí como un valioso testimonio de los tiempos de un pueblo singular que vive con pasión sus afanes y fiestas.