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Marisca Calza – Por Luis Ortega

   

La canícula de agosto y el éxodo en pos del mar y la brisa aplazó una noticia triste, intuida y verificada por el celo de su mejor amiga (María del Carmen Rivera) que, a su vuelta a Santa Cruz, movió cielo y tierra para saber el paradero de la artista italiana con la que nadie había hablado en las últimas días. A un mes de su tránsito, a cuantos la conocimos, y quisimos, nos queda el consuelo de su muerte rauda, sin deterioros ni sufrimientos y, para siempre, la añoranza de su personalidad y carácter, su sentido de la amistad y cercanía en el afecto, su vitalismo y contagiosa alegría. Con un amplio currículo bajo el brazo y el valor elogiado por el crítico Camillo Arcuri de “navegar contra corriente, segura de su inteligencia”, conoció por azar Canarias y radicó en Santa Cruz, “una ciudad encantadora y con el tamaño justo”. Desde el primer momento se integró en el espíritu y las reivindicaciones ciudadanas, abrió su estudio de la Rambla a las tertulias sobre lo humano y lo divino que, en la transición a la democracia, probaron pulso e inquietudes, ausentes hoy de la vida pública; el abanico de sus amistades comprendía a conservadores e izquierdistas educados, cristianos y radicales que, al modo de Panella, servían a la vieja tarea de instigar y medir los argumentos de unos y de otros.

Trajo a la isla, una pintura de línea melodiosa y gamas fauvistas -a ella le gustaba más el término fierista- y expuso con regularidad y éxito en las últimas décadas. A caballo entre dos siglos, y antes del largo cierre para reponer las cúpulas de la Catedral de La Laguna, reveló en su interior su visión humanizada de Jesús de Nazareth, valiente y arriesgadamente cotidiano, que marcó un hito en la cultura insular y, además de la crítica favorable y los elogios del público, le valió una carta afectuosa del Papa Wojtyla. Pero, con eso y con todo, la principal virtud de Marisca Calza fue su cordial disponibilidad para cuantos, en algún momento, la necesitamos; su prodigioso optimismo y esa generosidad hidalga que huele a Mediterráneo. Siempre podremos buscarla en los ámbitos luminosos, con los colores de la Resurrección -la expresión feliz de monseñor Felipe Fernández- y los árboles redivivos de las inclementes mutilaciones y la opresión del comento, entre los caballos lanzados en las praderas de la libertad eterna, con ecos de Puccini y Donizetti, y la consagración, por nuestro admirado Nicola di Bari, del giorni dell arcobaleno, la esperanza detrás de cualquier tormenta y, acaso, la más bella canción de amor compuesta en Italia, ¿verdad, Marisca?