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después del paréntesis >

Y más allá – Por Domingo-Luis Hernández

   

Cuentan que ahora es una diputada columnista de los domingos en un combativo periódico de Tenerife y que en su encarnación letrada, en lo que da a conocer por letra, se encuentra lo que expeditivamente defiende. Lo que sostiene apunta a sus vigor particular y a su fiable defensa de lo que somos los canarios.

También a lo que hemos de manifestar para que se nos tenga en cuenta y se nos respete como se nos ha de respetar. Cuentan que detalla un asunto asimismo impar: en su labor es una mera amanuense que justifica y explica al gran dirigente que la precedió, al ser que le explicó con detalle lo que habría de hacerse aquí, esto es, al admirado, querido y respetado Adán Martín. De donde, camino marcado. Ella lo que hace es defender desde su atalaya meritoria (y que el tiempo convertirá en proverbial) no una incuestionable novedad suya, eso que a los grandes y eminentes justifica; lo que ella hace (en tanto elegida para tal comisión, cual Borges se manifestó en pro de constatar y defender una nación que se llama Argentina), lo que ella hace es consignar los valores predefinidos, hacerlos patentes, para de ese modo advertir varias cosas: una, lo que habremos de ser, dos, cómo habremos de ser y, en último término, en qué se sustenta el reconocer. La cuestión, para ser más claro, es la arquitectura. Acaso porque, astucia por astucia o ingenio sobre todos los ingenios que en el mundo son o han sido, una licenciada en Derecho es Doctora en Arquitectura por una universidad privada con sede (entre otros lugares de España) en La Orotava. Y como el doctorado imprime carácter a los que ese grado alcanzan dentro de la carrera académica, lo propio es que la aludida confirme. Y en artes (como dictó la Vanguardia) la primera es la arquitectura. De lo cual se deduce (magna instancia del Moderno, y ella es una máxima exponente) que los nuestros o por los nuestros, para ser y manifestar lo susodicho, poetas en su estanco igual que novelistas, por no hablar de pintores, de escultores o si por haber hubo hasta algún imaginero. Sustancia de la ejemplar perspectiva son, pues, los nuevos dueños del mundo, Menis o Calatraba, pongo por caso. De manera que el futuro ha de encerrarnos en el único círculo en el que es preceptivo que se nos encierre: Tenerife (que no Canarias, porque eso es muy grande) como Taiwán, por no decir Doha o más convenientemente Manhattan, por proximidad, incluso ideológica. Ahí el modelo, y por el modelo (ya que Taiwán queda lejos) nos convertiríamos en la atalaya dilecta del tiempo nuevo en esta frontera del planeta y en esta latitud del Atlántico.

Magnos edificios a los cielos, que el Cabildo o el Gobierno han de pagar, para que se nos contemple desde la mismísima estratosfera. Genial. Por la alucinante ensoñación de la referida nosotros no somos por lo que construimos, desde Cairasco, Viana, Clavijo y Fajardo, Galdós, Espinosa, Isaac de Vega o J.J. Armas Marcelo (y disculpen los ejemplos, pero es que yo soy filólogo), somos por lo que otros aportan al orbe. Y lo concluyente no es lo que hayamos creado o podamos crear, eso que han de descubrir de nosotros por sus valores y su calidad; lo principal es lo que nos enmascara, la decoración que nos presente ante el resto de los hombres, sobre todo ante los distinguidos, los que habrían de darse a conocer aquí como turistas, turistas de calidad. Para ello la estampa sublime de lo internacional. Frivolidad, sumisa y suntuosa frivolidad, que abdica de la inteligencia, de la formación, del rigor y de la responsabilidad, con el amparo de la ignorancia (por ejemplo, de la excepcional gaceta de arte, que en ese punto, la arquitectura, fue aleccionadora, eminente y categórica). Es decir, Dulce Xerach Pérez López.