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El monotema del petróleo, cabezonería del Gobierno – Por Leopoldo Fernández

   

Ha sido un visto y no visto. Como si no hubieran existido vacaciones parlamentarias. Éstas llegaron cuando el petróleo era el tema estrella y se han cerrado con la misma matraquilla, en una especie de ‘continuum’ inacabable. De ahí que el primer pleno parlamentario que abría el curso político otoñal haya sido, de nuevo -y van tres sesiones-, dedicado al petróleo. ¿Para qué va a cambiar de tema el Gobierno, si lo más ocurrente y práctico es echarle un pulso al Ejecutivo de Rajoy, al mismo Rajoy, al ministro Soria, a Repsol y al ‘sursum corda’? ¿Acaso el paro (muy especialmente el juvenil), la pobreza, la corrupción, la elaboración de una ley electoral justa, la negociación del REF, la reforma político-administrativa de las corporaciones locales, el cierre del anillo insular tinerfeño, los problemas de conectividad, el abandono del campo, el fracaso escolar, el avance de la drogadicción, las listas de espera sanitarias -por citar tan sólo algunos asuntos que reclaman soluciones- merecen la pena cuando el petróleo contamina toda la política oficial canaria?

Aquí no hay nada como el petróleo. Es el desiderátum, el no-va- más, la monografía de las monografías, el tema por antonomasia, el único asunto que interesa a los ciudadanos. Como Madrid y Repsol lo han hecho mal -que lo han hecho mal en su gestión inicial y por falta de tacto y respeto hacia las autoridades canarias-, pues leña al mono, que es de goma. Por eso hay que rociar a la gente con petróleo de la mañana a la noche, saciarla a base de piche, darle argumentos a todas horas, machacarla, dirigirla, manipularla, envolverla hasta embrutecerla si hiciera falta, con ese líquido desagradable, viscoso, sucio, peligroso e inflamable que es el petróleo. Es obligado denostarlo, censurarlo, condenarlo, mandarlo al infierno de una maldita vez. Porque es un cenizo, un gafe culpable de todos los males de Canarias, los pasados, los presentes y los futuros.

El petróleo, y solo el petróleo, puede traer a las Islas desgracias sin cuento. Sin petróleo estaríamos en el séptimo cielo. ¿Se imaginan cómo sería vivir hoy sin él, en cuevas o al aire libre -dado nuestro benévolo y sin igual clima-, seguir en contacto con la naturaleza respirando aire puro, moverse por las islas entre veredas y sendas holladas por los primeros pobladores, ir de unas a otras a nado o en embarcaciones rudimentarias, vestirse con pieles de cabra, alumbrarse mediante antorchas y teas, comer a base de cuatro productos naturales de la tierra…? Eso sería como estar en el equivalente al paraíso terrenal, volver al pasado más genuino, desandar tanto tiempo contaminado e impuro y recoger un mundo feliz fruto de la imaginación de nuestros políticos más preclaros. Eso de que el petróleo es el principal motor del desarrollo mundial, el factor de cambio más importante tras la revolución industrial, es pura entelequia. Un invento. Más bien habría que hablar de suicidio. Porque el petróleo contamina en tierra y en mar, daña el medio ambiente y los ecosistemas, favorece el calentamiento global, suscita enfermedades… El mundo debe estar loco cuando se pelea, organiza invasiones, guerras y enfrentamientos a cuenta del petróleo. El país que lo tiene y lo administra bien, nada en la abundancia; se le considera afortunado, rico, millonario. No en vano el mundo consume diariamente más de 75 millones de barriles de crudo.

Quien defiende la utilización del petróleo o está loco o es un vendido a Soria o a Repsol. O a ambos a la vez. Eso, además de anticanario, por ir en contra del sentir de algunas de las principales instituciones del Archipiélago -Parlamento, Gobierno, cabildos de Lanzarote y Fuerteventura, grupos sociales, económicos y ecologistas, etc.- y, probablemente, de una mayoría de la opinión pública. Estos pareceres habría que tomarlos, igual que los dogmas en la religión católica, a modo de doctrina revelada e indiscutible. O sea, que se haga lo que pida la gente. Si nadie quiere impuestos, pues no se pagan impuestos. Y que el Estado, o el Gobierno, o la corporación de que se trate, se las ingenie. Si nadie quiere que se construyan prisiones, que los delincuentes pululen libremente por las calles. Y si no gustan los vertederos, que cada quisque se las arregle para buscar destino a los desperdicios urbanos, industriales o del tipo que sea. ¿Qué molestan o son un peligro las centrales eléctricas -no digamos las nucleares- o los tendidos de alta tensión? Se suprimen, y santas pascuas. En definitiva, que se rechace todo lo que pueda resultar impopular o no guste a la gente. Eso es lo que debe hacer el Gobierno que se precie. Decir al pueblo amén. Y punto. Aunque constituya una irresponsabilidad no abordar con coraje asuntos impopulares. No sé por qué algunos creen que lo prudente sería defender el petróleo, con las debidas cautelas y prevenciones. Incluso rezar para que exista en estas aguas atlánticas, de modo que con los impuestos que se recauden por su extracción se beneficien -como ocurre en otros países- todos los nacionales, pero de manera especial los de aquella comunidad, en este caso Canarias, al asumir los potenciales riesgos de su extracción. ¿No resulta lógico pedir al Gobierno autonómico sentido común, realismo, ausencia de alarma social, que defienda los intereses generales, que pasan por beneficiar a Canarias, hasta donde sea posible, de la eventual extracción de petróleo o gas? Lo razonable, lo sensato, lo prudente es seguir con el ‘no’ rotundo al petróleo. Es la mejor medida para no dividir a la ciudadanía. Y para defender al turismo, que en algunos países -insensatos, irreflexivos, imprudentes- lo hacen compatible con el oro negro, que incluso extraen casi a pie de playa -no a 60 kilómetros como se pretende en Canarias- como si tal cosa. Digo defender el turismo porque los 12 millones de viajeros que nos visitan seguramente podrían llegar a Canarias de uno en uno, volando cual pájaros. Sin utilizar medios de transporte de masas que utilizan el sucio petróleo como carburante para moverse.

Además, poco interés puede tener el asqueroso petróleo, del que se obtienen cerca de 5.000 productos derivados perfectamente despreciables en nuestra vida diaria. Aparte los combustibles que mueven todo tipo de vehículos, ¿qué utilidades aportan los fertilizantes sintéticos, los CDs, las zapatillas deportivas, los plásticos en todas sus variedades (que se utilizan en ordenadores, teléfonos móviles y de mesa, coches vehículos…), la ropa y los materiales de poliéster, los polímeros, las tintas, las pinturas, los colorantes, aditivos, adhesivos, resinas, insecticidas, cauchos, detergentes, vinilos, etc., artículos todos dependientes del petróleo? Hasta la modesta aspirina y el omnipresente asfalto son producto del petróleo.

Lo fácil, como hace el Ejecutivo canario, es estar contra este carburante pero negarse a prescindir de sus ventajas y provechos indiscutibles. Sin petróleo, Canarias no sería potencia turística. Ni tendría hoteles, parques temáticos, carreteras, puertos y aeropuertos. Por eso el Gobierno autonómico es tan riguroso y coherente. Lo mismo de coherente que al cambiar de opinión, como han hecho de buenas a primeras Paulino Rivero, José Miguel Pérez y Román Rodríguez sin ninguna razón seria por medio; sólo las coyunturales, electoreras y personalistas.
De puertas adentro, el Ejecutivo puede que gane la batalla de la calle y que obtenga el apopo mayoritario de la ciudadanía, si finalmente puede celebrar una consulta trampa -la que pretende es legalmente imposible porque carece de competencia para llevarla a cabo-. Pero, como me decía uno de sus consejeros esta misma semana, “vamos a perder la batalla de las prospecciones en los despachos de Madrid y de Bruselas, tanto los políticos como los jurídicos. Las prospecciones no se van a parar”. En estas condiciones, ¿qué sentido tiene seguir en una huida hacia ninguna parte? ¿Por qué obstinarse en un ‘no’ rotundo? Y si hubiera oro negro, ¿cómo oponerse a su extracción -o renunciar a sus posibles beneficios- cuando Marruecos está perforando al lado con una legislación nada rigurosa ni con suficiente amparo legal?
Puede que el Gobierno se haya centrado en una causa buena en apariencia, pero mala porque los más obstinados suelen ser los más equivocados. El Ejecutivo, emulando al gran inventor Thomas Edison, puede no resistirse a la tentación de afirmar: ”No he fracasado. Sólo he encontrado soluciones que no funcionan”.