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Monseñor Echarren – Por Manuel Zaguirre

   

Ramón Echarren Ysturiz (Vitoria, 1929), se marchó hace unos días al destino natural de las buenas personas creyentes y, muy en especial, si han sido también buenos obispos. Era un tipazo en todos los sentidos, desde la sencillez del trato hasta la extensión de su cultura, erudición y formación teológica y humanística. Pero, además, era divertido, directo, socarrón, profundo; una suerte de síntesis entre vasco y canario, en cuya diócesis de Las Palmas estuvo 27 años, de 1978 a 2005.
Cada Navidad me llegaba su tarjetón manuscrito, que era un compendio de casi todo, un gran discurso en un pequeño espacio con letra abigarrada y diminuta. Algunas de las veces que venía a Madrid concertábamos para charlar un rato, con él y/o con otros colegas de episcopado “de confianza”, según.

Si la Conferencia Episcopal preparaba algún documento en materia social o socio-laboral, informalmente se las arreglaba para buscar mi opinión. Cuando había grandes movilizaciones o huelgas generales y los sindicatos recabábamos el posicionamiento favorable de la Iglesia, Echarren era el mejor emisario, el más seguro. Fue él quien arregló para que yo impartiera una ponencia clave ante unos 800 voluntarios de la Pastoral Social de la Iglesia, religiosos y laicos, en el auditorio de un colegio mayor que hay en la Ciudad Universitaria de Madrid, el mismo en el que celebramos el I Congreso en Libertad de la USO en abril de 1977. Esa ponencia se titulaba “Un nuevo sindicalismo frente a un viejo desorden económico y social internacional”, y fue publicada en diversos medios, incluyendo la revista El Proyecto… De eso hace casi 30 años.

Qué tiempos, qué Echarren, qué Iglesia … Ramón Echarren fue uno de los apoyos más firmes y leales que tuvo el entrañable e inolvidable cardenal Tarancón, el religioso más humano, honrado y patriota que yo he conocido. El responsable de conducir a la levantisca y reaccionaria Iglesia española por los caminos de la reconciliación y el compromiso con la democracia, las libertades y la justicia en el último tramo de la dictadura franquista y en el arranque del incierto proceso democrático. Un día escribiré sobre mi experiencia de trato -limitada pero sustanciosa- con el cardenal don Vicente Enrique y Tarancón.
Echarren, junto a Martín Patino, Yanes, Díaz-Merchán, y otros, eran el núcleo duro de la lealtad a Tarancón y a su concepción progresista y humanista de la Iglesia. Echarren fue un hombre clave en la redacción de la carta pastoral que debía aprobar la Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes celebrada en septiembre de 1971, pidiendo perdón al pueblo español porque la Iglesia no supo y no quiso ser un factor de reconciliación en la guerra civil, y cometió el pecado de apoyar el levantamiento militar, al que llamó “cruzada”, la guerra y la dictadura que la rebelión provocó. El documento no llegó a ver la luz oficialmente porque se requerían 2/3 de los votos favorables de los participantes en la Asamblea Conjunta. El resultado de la votación fue: 156 votos a favor de que la Iglesia pidiera perdón al pueblo español por su comportamiento en la guerra y en la dictadura, y 78 votos en contra de pedir ese perdón.
En los mentideros madrileños se comentaba que el mismísimo Franco le había hecho llegar, por conducto informal, al cardenal Tarancón que si se aprobaba la petición de perdón le mandaba un helicóptero a la sede episcopal para que abandonara España … Y que Tarancón, por el mismo conducto informal, le había transmitido a Franco que estaría excomulgado antes de que el helicóptero llegara… Echarren, y todo lo que tuviera que ver con Tarancón y su visión de la Iglesia y de la vida, fueron siendo arrumbados y demolidos por los derechazos que pegó el Papa polaco nada más llegar. De aquellos derechazos vinieron la profusión de exotismos reaccionarios que cortan el bacalao en la Iglesia: opus, legionarios, comulgantes liberados, kikos, etcétera., y que el papa Francisco irá diluyendo poco a poco, esperemos.
Don Ramón, un último favor: deles usted de mi parte un gran abrazo al cardenal Tarancón, a Eugenio Royo, a Rafael Ballús, y un gran beso a mi padre y a mi madre… y dígales que uno procura no apartarse de la senda de decencia que nos enseñaron, pero que no es fácil… Hasta siempre, don Ramón Echarren. Nunca lo olvidaremos quienes nos beneficiamos de su afecto y su ejemplo.

*EXSECRETARIO GENERAL DE LA USO