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El nacionalismo incesante – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Tal como indicaban las encuestas y sondeos preelectorales, los escoceses han dicho no a su independencia del Reino Unido en el referéndum celebrado el pasado jueves, y lo han dicho por una mayoría significativa de unos diez puntos porcentuales (55,3% a 44,7%). En los últimos tiempos pareció que se estaba imponiendo lentamente la opción independentista, en un escenario muy fluido e indeterminado, pero resultó ser una falsa impresión o un error originado por encuestas precipitadas o imperfectamente diseñadas. El “no” ha vencido en treinta de las treinta y cuatro circunscripciones electorales escocesas, en las que el “sí” solo consiguió ganar en cuatro, entre ellas Glasgow y Dundee. La participación ha sido altísima, de un 84,48%, en algunas zonas superior el 90%, lo que nos muestra el interés y la implicación del electorado en la cuestión. Un electorado que incluía a los jóvenes de 16 a 18 años porque se suponía que lo que se votaba les afectaba particularmente a ellos. No era para menos: una Escocia independiente daba paso a un futuro político, económico y social muy incierto. La nueva Escocia, por ejemplo, tenía que solicitar la entrada en la Unión Europea, que podía demorarse o ser vetada, y la continuidad de la unión monetaria con el Reino Unido, basada en la libra esterlina, no estaba garantizada. Además, la independencia afectaba a terceros, entre los que se encontraban precisamente las instituciones europeas, que han expresado inequívocamente su satisfacción y alivio por los resultados producidos.

A su vez, el líder independentista y ministro principal de Escocia, Alex Salmond, ha admitido la derrota “por una diferencia sustancial”. El ministro principal lleva tres años impulsando el plan independentista -desde la mayoría absoluta de su Scottish National Party en las elecciones al Parlamento escocés de 2011-, pero la derrota no implicaba necesariamente su retirada de la escena política. Sin embargo, ha dimitido de sus dos cargos, en el Gobierno y el partido, presumiblemente a favor de su estrecha colaboradora y viceministra principal Nicole Sturgeon.

En un intento final para convencer a los electores indecisos, los tres partidos mayoritarios en Westminster -los conservadores y liberal demócratas del Gobierno, y los laboristas de la oposición-, se habían comprometido días pasados a un calendario de profundas reformas en la estructura política del Reino Unido desde el día siguiente a las elecciones. De acuerdo a ese calendario, el Gobierno de Londres abrirá un periodo de consultas el próximo octubre, consultas que deberán conducir a la redacción de un Libro Blanco sobre la futura ampliación de las competencias del Parlamento escocés. El Proyecto de ley de cesión de nuevas competencias a Edimburgo ha de estar ultimado en enero de 2015, antes de las elecciones generales previstas para mayo de ese año. Se supone que Escocia ampliará notablemente su autogobierno en materia de fiscalidad y gasto público, aunque el alcance final de la reforma todavía no está plenamente establecido. Desde su tradicional unionismo, los laboristas son los más reacios a ceder más competencias al Parlamento escocés.

Las concesiones prometidas a Escocia han despertado algunas suspicacias en el resto de Reino Unido. En esta línea, el primer ministro británico ha celebrado la victoria del “no” y ha anunciado su propósito de conceder un mayor autogobierno también a los otros miembros integrantes de Reino Unido: Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte. Literalmente, ha dicho que trabajará “por una reforma a fondo y una descentralización sin precedentes”. Su viceprimer ministro, el liberal demócrata Nick Clegg, ha apuntado la necesidad de llevar a cabo una reforma constitucional. Por consiguiente, tras el referéndum es probable que se convoque una Comisión constitucional, que podría diseñar una intensa federalización del Reino Unido.

Mariano Rajoy se ha apresurado a felicitar a los escoceses por evitar “las consecuencias del apoyo al sí”. Es evidente que el resultado del referéndum escocés importaba mucho en España: el paralelismo con Cataluña es inevitable. Pero es obligado repetir una vez más que las dos situaciones no son comparables. La Constitución británica permitió el pacto entre Londres y Edimburgo que ha posibilitado la celebración del referéndum escocés. Por el contrario, la Constitución española impide la consulta catalana y, por supuesto, la eventual independencia de Cataluña, que requeriría una reforma constitucional agravada.
¿Termina aquí la cuestión escocesa? ¿Queda resuelta para siempre? No, el nacionalismo es incesante, no acaba nunca y no concluye sus reivindicaciones hasta que gana. Los independentistas escoceses pactaron con Londres antes del referéndum que acatarían cualquier mayoría simple, por exigua que fuera, y le concederían una validez de veinte años. Y antes de que se cumpla ese plazo es seguro que volverán a plantear la independencia y reclamar otro referéndum. En Québec ya se han celebrado dos, en 1980 y 1995, con resultados también contrarios a la independencia. Pero los nacionalistas están pidiendo el tercero. Ahora bien, el día que ganen uno, en Québec, en Escocia o en Cataluña, el juego habrá terminado.