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Pedro Pubill – Por Luis Ortega

   

Detrás del nombre encontramos a “un gitano catalán, de Barcelona para precisar, normal y sin prejuicios que hizo lo que pudo y lo que sintió”. Tras debutar en un festival infantil, con doce años pasó del oficio familiar de la venta callejera y entró en la bohemia artística. Con buena planta, simpático y resuelto, guitarrista y cantante y discreto -“que no cantaor, con todos los respetos”- mediados los años sesenta, y casado con Fuensanta, su novia de niños, cambió de residencia, trabajó en el tablao madrileño de Pastora Imperio e inauguró un estilo que, con el picado compás del cuatro por cuatro, restaba gravedad y alegraba el flamenco. Con el apoyo del gran público y el desprecio o indiferencia de la progresía metida en la cultura de la protesta y la salmodia de los cantautores, el llamado entonces Niño de la Cera inventó la “rumba catalana”, cuya paternidad disputó con Antonio González, el Pescaílla, el gachó de Lola Flores, “sin que la sangre llegara al río”. Si llegó el triunfo y la fama, tanto para la comunidad caló como para el público payo, porque ambos reclamaban cantos y bailes divertidos y sin miedo a las misturas, fuera de las formas pasionales de la copla y el flamenco radical y de la pauta ritual y ceremoniosa de la sardana. Fue la aportación más original a la música de la posguerra, donde Peret (1938-2014) encadenó una serie exitosa de títulos originales -Una lágrima, El gitano Antón, Saboreando, Chaví y Don Toribio, por ejemplo- que se colaron entre el pop de las discotecas y el repertorio de las orquestinas y, que en casos, como El borriquito (1971) y Canta y sé feliz le reportaron la proyección internacional y, con la segunda, su concurso en la edición de 1974 de Eurovisión. Fue el pionero en versionar los sones cubanos -guardo la primera grabación aflamencada de Lágrimas negras- y los mambos y chachachás de Pérez Bravo y Xavier Cugat. Tuvo su particular Camino de Damasco y, en 1982, declaró su conversión a la fe evangélica; durante un septenio, cambió los escenarios por los púlpitos y las canciones simples y pegadizas por los sermones; transcurrido ese ciclo -de extensión bíblica- volvió a sus tareas habituales y completó una larga carrera -con cincuenta títulos entre vinilos, digitales y recopilatorios y siete películas, “fáciles de ver”- durante la cual invitó a tomarse las cosas tal y como vienen. Al final de su vida, por estricta justicia, recibió el reconocimiento cívico, artístico e institucional ganado a pulso “con la guitarra y el tracatrá”.