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Recuerdo ilógico – Por Indra Kishinchand

   

Vivía solo en un barrio céntrico de la capital. Podía haber elegido un piso compartido en las afueras; eso hubiera significado tener una habitación más grande, un poco más de tranquilidad, saludar al frutero con la certeza de que se acordaría de su cara… A pesar de todo, también de su sueldo, entendió que lo mejor para su (des)equilibrio era, sin miedo a equivocarse, instalarse en aquel distrito con cierto olor a melancolía. Y es que allí no existían los domingos. Él mismo se sorprendió durante la primera semana de su estancia; al mirar el calendario se percató de que se había conservado más de lo que habría podido imaginar. Hecho que era de agradecer si se tenían en cuenta los tiempos; ya nadie debatía si la cuestión era vivir o sobrevivir. El caso es que él, periodista de oficio y de vocación, lo tenía bastante complicado para distinguir un día de otro. Sus fines de semana siempre eran martes y en aquella ciudad eterna nada le recordaba que seguía existiendo el día de la nostalgia, excepto el fútbol. Era consciente de que sus reflexiones interesaban a pocos, pero esos ya eran bastante gente. Siempre se había preguntado cómo era el momento en el que alguien, sentado en el sofá de su casa, intentado concentrarse en la televisión, o simplemente leyendo un libro, se acordaba de él, como de repente. Ese pensamiento se mostraba automáticamente lógico en su cabeza si lo relacionaba con los demás, pero le resultaba incluso inhumano si era él el centro del proceso. Un día sucedió; alguien se acordó de él. Salieron a tomar unas cañas en domingo y no se resistió a preguntarle: “¿Qué es lo que más te gusta de esta ciudad?”. Tras una larga pausa contestó: “Me gusta lo que todo el mundo intenta ocultar cuando andan por aquí: la soledad”.