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RTVE, en horas críticas – Por Leopoldo Fernández

   

La dimisión de Leopoldo González-Echenique al frente de RTVE pone de relieve la crisis existente en el seno de una corporación que no levanta cabeza ni en la gestión, ni en la programación, ni tampoco a la hora de captar el interés de la audiencia. A mi juicio, falla el modelo mismo de televisión pública, como lo prueban machaconamente, un año tras otro, los conflictos internos y la pérdida continua de espectadores; hasta el punto de que la televisión es seguida por apenas el 10% de la audiencia cuando su presupuesto es mucho más del doble y su plantilla el triple y aún más que la de sus dos principales competidores privados, Tele 5 y Antena 3. Soy decidido partidario de la televisión pública, pero me pregunto qué sentido tiene el mantenimiento de la actual cuando no es capaz de cumplir los objetivos para los que fue creada, principalmente servir al interés general, cohesionar el país y promover los valores constitucionales. No vale engañarse. Desde siempre, TVE y RNE, ésta en menor medida, han sido un nido de intereses, un campo de batalla ideológico entre partidos, un barco a la deriva incapaz de enderezar su rumbo y servir al país en su conjunto, no al Gobierno de turno y sus intereses.

Y ello, a pesar de los magníficos profesionales de ambos medios, la radio y la televisión, a quienes las formaciones políticas y los sindicatos sólo parecen interesados en utilizar a conveniencia. Paradójicamente, desde 2006, con el nacimiento del actual modelo de ente público, las cosas han ido de mal en peor y ni la drástica reducción de plantilla, con el despido de 4.150 trabajadores, ni el pago de la deuda histórica, cifrada en 7.000 millones de euros, han resuelto el problema. Pese a todo lo que se prometió, se han roto los consensos institucionales, se ha gubernamentalizado el ente, la plantilla ha vuelto a crecer, el déficit superará a fin de 2014 los 250 millones de euros y en estos momentos RTVE se halla virtualmente en quiebra técnica y necesita con urgencia una inyección financiera para poder atender las obligaciones del presente ejercicio. En estas condiciones y habiendo enterrado en El ente la friolera de 15.000 millones de euros a lo largo de los últimos ocho años, ¿vale la pena mantener una radio y una televisión estatales controladas férreamente desde el poder, politizadas en exceso, con serias dificultades para poder competir con sus rivales, incapaces de cumplir los fines para las que ambas fueron creadas y, además, cada vez con mayor déficit y menor audiencia? La alternativa me parece obvia: o se cierran o se cambia el modelo para hacerlo más profesional, social e institucional, menos político, con un alto nivel de calidad y unos contenidos acordes con la noción de servicio público esencial.