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Sobre el perdón – Por Wladimiro Pareja Ríos

   

Hugo no entendía cuando era niño porqué la gente no se perdonaba. Había crecido en una familia numerosa donde sus padres discutían con frecuencia debido a las presiones relacionadas con la educación de los hijos y su crianza pero, con la misma facilidad con que iniciaban el conflicto, lo solucionaban. Había entre ellos una voluntad de acuerdo, de tender puentes y reencontrarse. Se perdonaban y seguían adelante. Efectivamente, es en esa primera escuela que supone la familia donde aprendemos a perdonar y ser perdonados, porque lo cultivado en este medio nos va a facilitar la vida posterior como adultos. Fuera del adoctrinamiento religioso el perdón supone un proceso terapéutico que implica decidir libremente y de forma voluntaria, en cada momento, el no mantenernos unidos a aquello que nos ha provocado un daño. Esto no significa olvidar (pues aumentaría el riesgo de que se repita el incidente) ni que haya una reconciliación (que precisa la cooperación de ambos), no se trata de levantarle la pena al que nos ha dañando (ya que esa persona ha de responsabilizarse de sus actos). De lo que se trata es de dejar de buscar justicia y con ello la necesidad de vengarnos desaparece o se va diluyendo (así como repasar mentalmente una y otra vez lo sucedido). De esta manera regresará la calma. El proceso en el que tenemos que trabajar para pedir (y recibir) perdón seguiría el siguiente itinerario: un reconocimiento de que nuestra conducta ha causado un daño, ponerse en la piel del otro, repasar nuestra conducta para que no vuelva a ocurrir y poner los medios necesarios para ello. También es importante pedir perdón explícitamente (no palabras vacías, sino comunicar nuestra intención de que no se repetirá) y reparar en lo posible. En el caso de querer perdonar, el itinerario será el siguiente: voluntad para comprender al otro, entender sus motivos para poder desarrollar la compasión y aceptación sin condenación. Asimismo, debemos aceptar nuestras emociones (rabia, tristeza,…) e ir saneándolas. Para finalizar, reflexionemos sobre aquellos aspectos que no nos hemos perdonado. Para algunas personas el acto de perdonar supone debilidad. Por el contrario, se trata de un acto de fortaleza en el que estamos escogiendo dejar a un lado el rol de víctimas para hacernos dueños de nuestros pensamientos y emociones de bienestar. Escogemos ser libres. Es importante recordar el valor doble del que perdona y la liberación del que es perdonado, pues es tan dulce y liberador darlo como recibirlo. Hagamos un listado de las causas y juicios pendientes que tenemos, pongamos el nombre de la persona y del delito. Esa lista oculta en nuestro interior nos roba energía. Saquémosla fuera y contemplemos cuánto peso y cuánto dolor contiene.
*PSICÓLOGO (wladimiropareja@gmail.com)