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El verano del obispo – Por Jorge Bethencourt

   

Hay acontecimientos que, de forma invariable, ocurren siempre en vacaciones. Todos los veranos te agarras unas cagaleras importantes a causa de una maldita ensaladilla. Todos los veranos te planteas empezar una dieta después de ver cómo te han crecido las mollejas de forma tal que apenas cabes en el bañador. Y todos los veranos hay alguien importante que aprovecha para decir una tontería y ganarse unos titulares de canícula. Este verano el ganador ha sido el obispo de San Sebastián, en dura competencia con el alcalde de Valladolid, que no sube en ascensor a solas con una señora por si se le caen los calzoncillos. Es que los obispos llevan mucha ropa. Entre tanto refajo, casullas y como quiera que se llamen todos los trapos que se ponen encima, esa pobre gente debe estar asada de calor. Así que tal vez el señor obispo de San Sebastián tenga el atenuante de que se le haya subido la calufa a la azotea mental y se le hayan tostado las neuronas. Porque hay que tenerlos como dos sandías para comparar la difícil decisión de un aborto, con el despido libre.

Un aborto no es progresista, es un drama doloroso para la mujer. Y trazar paralelismos con las relaciones laborales es mucho más que desafortunado. Es un excremento dialéctico considerable. Cuando una mujer decide que no quiere seguir adelante con un embarazo está actuando sobre su propio cuerpo. Es un conflicto de ella consigo misma. Nadie tiene el derecho de obligar por la fuerza a una mujer a ser madre. Ni obispos ni gobiernos pueden expropiar el útero de las mujeres por razones ideológicas o religiosas. No sé si el señor Munilla ha pedido perdón por su salida de pata de banco de iglesia. A saber. Pero a veces es mejor estar callado y parecer un perfecto tolete que abrir la boca y confirmarlo.