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Volver a empezar – Por José Miguel González Hernández

   

6.30 de la mañana. Suena el despertador. Comienza un nuevo curso y los pequeños de la casa deben volver a la disciplina diaria de la educación obligatoria. Desayuno frugal, peinados raya a un lado, olor a material escolar nuevo y a la calle, en búsqueda del futuro. Mamá debe ir a trabajar. Tiene un contrato de sólo cuatro horas, y por esas cuatro le pagan, pero antes de las cinco de la tarde no suele poder pasar por casa.

Menos mal que siempre llega a tiempo a la puerta del cole. En el caso de no poder hacerlo personalmente siempre hay familia o amistades que lo hacen por ella. En ese sentido, la red social (la de verdad) hace su papel de sustentadora y cohesionadora de las diferentes alturas a las que vive la ciudadanía, teniendo siempre que buscar a algún miembro de la familia que tenga una entrada de renta más o menos estable con la cual se puedan sostener. Ésa es la única manera de que, aunque la abundancia brilla por su ausencia, las carencias más perentorias tampoco aparezcan.

Las vacaciones estuvieron bien, pero sólo las escolares, dado que otorgaron un cierto descanso a la actividad frenética que el horario impone. Mamá sólo pudo cogerse algún que otro día libre, aunque papá estuvo de tiempo libre obligatorio. Eso sí, la sonrisa nunca faltó y la costa cercana se convirtió en el refresco necesario en que el bañador nos iguala al despojarnos de prendas superfluas que compara profesiones.

Las caras lánguidas sólo aparecían cuando las horas de la noche no eran compatibles con la infancia. A partir de ahí, el convencimiento es que, cuando nada tienes, nada echas en falta. Sólo así se puede conciliar el sueño.

El cole de los enanos no está mal. Colegio público con cada vez instrumentos más limitados porque no es tiempo de dispendios, junto a una baja reposición de medios humanos, pero todo se tapa gracias a la voluntad por parte del profesorado.

Labrar un futuro con las condiciones actuales se muestra como una operación complicada. Insistir en que la formación genera posibilidades en un entorno que se conoce más por triturar a personas y empresas que por albergar esperanzas de progreso es como querer vender frigoríficos en el polo norte.

Independientemente del cansancio, de las vueltas que da la cabeza, de los problemas que nos muerden los tobillos y nos despedazan la posibilidad de avanzar, el mensaje es inequívoco: estudia, fórmate, que al final tendrás tu recompensa aplazada. Serás más adaptable. Podrás dedicarte a un espectro más amplio de profesiones. Busca tu vocación, pero sin dejar de lado una profesión.

Papá tiene hoy una cita en las oficinas públicas de empleo. Lo llamaron ayer diciéndole que se personara a las 10.37 con todos los papeles en regla.
Esperanza hay. Pero múltiples desengaños también, porque cualquier cosa que salía o era a cambio de un horario extraterrestre edulcorada con una miserable retribución o nada tenía que ver con los conocimientos que la vida le había dado a entender.

Sólo triunfaba en las ocupaciones sin contrato, con el riesgo que ello implicaba, pero cuando rozas el suelo, o yaces en él, las excusas y las limitaciones se minimizan, y es que la desesperación se alimenta de la misma sociedad de consumo.

En casa ya no escuchan las noticias. Demasiadas promesas vacías que sólo buscan justificación a la incompetencia. Se habla de empleo, de crecimiento económico y de recuperación. Pero alguien debe estar llenándose los bolsillos con esta situación, piensan, porque nada reparte.

Poco a poco se les agotan los plazos de aplazamiento en el pago de las diferentes deudas, y los sobres (sin nada de dinero y llenos de factura) van haciendo aparición en el hogar por debajo de la puerta.

Al principio la ansiedad les podía. Ahora viven con el riesgo continuo. Pero mañana a las 6.30 volverá a sonar el despertador. Habrá que levantarse nuevamente. No queda otra que la lucha diaria.
*ECONOMISTA