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¿Y mi tanto por ciento…? – Por Ramiro Cuende

   

¿Qué hay de lo mío? Esta práctica tan común en el primer mundo, en el segundo, en el tercero y en el más allá, tiene que ver con una perversa condición humana, la avaricia, si le suena peor, con la codicia y el egoísmo. Esta, genera el hoy usual mamoneo, que a su vez tiene que ver con la jeta que se gastan algunos o algunas, ambos, o incluso familias. El uso de la palabra mamoneo es reciente, tan es así, que los diccionarios aun no lo han recogido. Cuando esto sucede, me veo en la necesidad de acudir a sitios como, la fundación para el español urgente, la fundéu, que aunque me suene catalán, no lo es. La Agencia Efe y el BBVA, asesoradas por la RAE, han creado esta fundación para el buen uso del español en la prensa. Para entendernos, una definición aproximada, según ellos, sería: “situación en la que reina el amiguismo y las prácticas al margen de la legalidad y las normas vigentes”. Un mundo de chanchullos, favoritismos, corrupciones, y, para que seguir con eufemismos, de ladrones. El comisionismo es una práctica extendida en el mundo económico como forma de cobro y de pago.
Hasta aquí todo correcto. ¿Qué es lo que pasa? Me explico. Existe una finísima línea, como la del horizonte, que es la que separa las múltiples dicotomías vitales, y propias del proceder humano e inhumano. Ejemplos de este separador trazo se pueden ver entre; la bondad y la idiotez, la risa y el llanto, la vida y la muerte. En el caso que me trae, es cruel pero sencillo. Entre lo honesto y lo perverso, lo que sucede es que la línea del horizonte se curva. Se laxa para poder llegar al bolsillo de los artistas elegidos para obrar en el patio de Monipodio, en la, tan actual, tragedia de la mangancia. En este patio, hay demasiado amigo del 3, 4, 5 y más por ciento, del dinero fácil, en la política, en la administración, en empresas, pagan y cobran ¿Recuerda la canción del intermediario? Pues, más o menos. El común de los mortales observamos incrédulos. Un conflicto irresuelto entre poder y moral, en el que la actitud ética parece condenada de antemano. El truco consiste en hacernos creer que la tradición pesimista, es la única posible. Se asume que el hombre y la mujer son débiles ¡la carne es débil!, corruptos, irracionales, peligrosos, y la naturaleza un caos, siendo así la política, por pura regla de tres, “un negocio sucio, una faena per se inmoral. Por ende, el poder algo demoniaco”. El instinto de supervivencia nos hace mamar al nacer, pero no como en este aquelarre.