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Yo también vivo en el 102 – Por Pedro H. Murillo

   

Los conocí en una madrugada de noviembre plomiza y lluviosa.  Se llevan muy pocos años. Antonio está provisto de una entereza antigua  como su bigote ensombrecido y blanco que recuerda a esos afeites de los acomodadores de cines de la infancia. Berta, es dulce y siempre custodiada por dos perros chiguaguas bajo las mantas. Aquella mañana, su pequeña vivienda ubicada en el municipio de Tacoronte estaba ocupada por seres extraños: docenas de periodistas, cámaras y micrófonos.  Antonio tomaba café con los ojos aguosos roídos por la falta de sueño mientras que Berta se desplomaba en el sofá con la tensión disparada.  Se enfrentaban a un nuevo aviso de desalojo de su casa porque un vecino entendía, y lo sigue entendiendo, que la casa de la pareja septuagenaria se levanta sobre un muro de su propiedad. 

Resulta curioso que nos sigamos preocupando por los valores de los muros y paredes.  La historia de Antonio y Berta es diferente a la de tantos mayores canarios. Tuvieron que emigrar pero no a Cuba ni a Venezuela sino a Europa. Pasaron más de 30 años viviendo en Holanda en donde Antonio se deslomó en una mina de carbón. Criaron a sus hijos con el recuerdo perpetuo que dan las huellas de la infancia y las Islas. Decidieron hace unos años regresar para vivir en Tenerife pero el retorno de este exilio económico se ha tornado en un infierno.

El próximo 19 de septiembre se enfrentarán de nuevo a una orden de desalojo y la comisión judicial se presentará acompañado por la policía. El apoyo vecinal y de la Plataforma anti desahucios hacía esta pareja no tiene precedentes. Su domicilio es como un pequeño fuerte de esperanza y en los pasillos puedes encontrarte desde un periodista hasta un activista con pancarta en la azotea.

Con todo, lo que realmente se impone es el sentido común y el diálogo, hasta ahora inexistente. No es ético ni moral que en una tierra en donde la querencia y el mito hacia los emigrantes alcanzan cotas cercanas al paroxismo, no mostremos nuestro apoyo y solidaridad a una pareja fruto también del exilio económico que ahora ve con el alma hecha jirones cómo van a expulsarlos de la casa que con tanto esfuerzo construyeron durante años.
Por mi parte, yo también vivo en el 102 de esa calle tacorontera, junto a Antonio y Berta.