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¿Adónde va el nacionalismo canario moderado? – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

   

Coalición Canaria ha celebrado en Las Palmas su esperada Conferencia Política con la que pretende -leo en la web de CC- proyectar su capacidad para renovar ideas y seguir liderando el desarrollo del Archipiélago, así como impulsar la modernización de Canarias, reforzar la identidad de su pueblo en el contexto europeo y mundial, escuchar a los militantes y ciudadanos para construir un proyecto común y conectar con la sociedad en general para compartir y consensuar objetivos colectivos. Son palabras grandilocuentes que, pese a su escaso cumplimiento, suenan bien y a ellas con toda probabilidad se suman toda clase de voluntades. Porque amar a esta tierra no es patente de quienes se proclaman nacionalistas; la aman de verdad quienes trabajan por su bienestar y el de sus gentes, defienden sus intereses y suman esfuerzos al empeño común, y eso lo hacen todos los ciudadanos de bien. A partir de 1993, tras la moción de censura contra Saavedra, que abrió paso al moderno nacionalismo canario, CC ha venido ocupando un papel central en la gobernación de las Islas, con Manuel Hermoso, Román Rodríguez (que luego creó Nueva Canarias), Adán Martín y Paulino Rivero como sucesivos presidentes del Gobierno. Quiere decirse que los nacionalistas son en gran parte responsables de los logros y fracasos de estos años en la comunidad autónoma, aunque las demás formaciones políticas no están libres de su parte alícuota de responsabilidad.

Siempre se ha dicho que el canario es un pueblo políticamente inmaduro, con una conciencia propia un tanto limitada, dividido en entidades físicas, políticas, económicas y vivenciales segmentadas y diferentes porque la unidad básica más sentida sigue siendo la isla. La comunidad autónoma se percibe más bien como un todo unido en sus relaciones con el Estado, pero no acaba de calar en el alma colectiva con la fuerza y profundidad necesarias para despertar el entusiasmo y la adhesión incondicional de la ciudadanía. Partiendo de esta realidad, Pérez Minik ya escribía en 1985 que “la autonomía, el nacionalismo y la identidad de una cultura son palabras, hechos e ideas mayores que el canario no ha sabido distinguir nunca”. Algo habrá que hacer, y más un partido nacionalista, para que ciertas cuestiones esenciales y específicas calen en el alma colectiva y se sientan como propias, como, por ejemplo palmario, los cabildos.

¿Cómo es posible que al cabo de más de 30 años de autonomía las instituciones de autogobierno y las nuevas estructuras competenciales nacidas del Estatuto no hayan calado suficiente y confiadamente? Ni la globalización ni la dependencia externa son condicionantes capaces de justificar este fiasco. Y mientras el prestigio de la autonomía no gana cotas bastantes de credibilidad y eficiencia, los conflictos y desencuentros con el Gobierno central van en aumento. El paro, en especial el juvenil, y la pobreza no se detienen. El modelo económico que nos hemos dado es incapaz de recaudar con mayor justicia y eficacia y, sobre todo, de repartir mejor la riqueza. No desciende, o apenas lo hace, el fracaso escolar, en tanto la formación profesional y la enseñanza de idiomas -que deberían ser pilares imprescindibles para un mejor futuro de las nuevas generaciones- siguen con limitadas posibilidades. El sector agrario agoniza sin remedio y el industrial no levanta cabeza. Los problemas sanitarios se acrecientan y los recursos no llegan para satisfacer las necesidades. La reforma político-administrativa de las administraciones se retrasa indefinidamente. El REF sigue sin ser la verdadera herramienta propiciadora de la creación de empleo y desarrollo…

No quiero decir que durante la vigencia de la autonomía Canarias haya retrocedido; en realidad, no ha prosperado como debiera, porque en general lo ha hecho de manera evidente. Pero, se han repartido mal los fondos europeos -más de 10.000 millones de euros-, no se han priorizado como debiera algunos sectores productivos y, para remate final, la larga crisis económica ha sido una bomba social que ha empobrecido a las clases medias y llevado a la miseria a las familias más desfavorecidas. Y mientras, los ricos, cada vez más ricos. Algo falla, ya digo, en las políticas que sigue la comunidad autónoma, con independencia de que algunas responsabilidades devienen de Madrid y Bruselas.

Buena parte de estas consideraciones estaban presentes en la Conferencia Política de CC. Aunque escribo antes de su conclusión, el Manifiesto Canarias 20, elaborado por personalidades de nuestras dos universidades, ha sido centro de atención por sus aportaciones políticas, económicas, sociales y culturales, que servirán de base para el programa electoral de los nacionalistas en las elecciones de 2015. En los ejes estratégicos incluidos en el Manifiesto, CC apuesta por más autogobierno, nuevos compromisos de sostenibilidad y cohesión social, más calidad, competitividad e innovación para garantizar el crecimiento económico, la defensa de la identidad canaria y un código ético para los cargos públicos y orgánicos que deberá ser ratificado en las futuras elecciones.

Dicho esto, me parece que CC necesita, más que una reafirmación ideológica y una clarificación de su ambivalencia nacionalista, un radical cambio de actitud en sus relaciones con los ciudadanos y con el Gobierno central; con éste no se trata de avenirse o ceder en todo, sino de acabar con las confrontaciones sistemáticas, con las declaraciones hostiles y faltonas, aun cuando determinadas actitudes que provienen de Madrid no son precisamente un modelo de buena fe y sentido de la justicia. Me parece absurdo esgrimir como norma el argumento del orgullo y la dignidad herida. En política se siembra lo que se recoge y si se instan pleitos y conflictos, es para ganarlos no para perderlos por goleada. Porque al final, en los perniciosos efectos de los desencuentros, que además cuestan dinero, los perjudicados son los ciudadanos.

Si algo ha caracterizado a CC durante su trayectoria ha sido su espíritu inequívocamente constitucional y pragmático, su alma pactista, moderada, integradora, no excluyente, y su proximidad a los ciudadanos, quizás con un exceso de populismo pero con innegable afán de que esa proximidad se convirtiera en confianza, complicidad y colaboración en los objetivos generales de cualquier tipo y en cualquier ámbito. Buena parte de estos modos han quebrado y la organización camina hoy perdida en problemas internos -basta con citar los conflictos abiertos en Fuerteventura, La Palma y Tenerife-, en divisiones entre sus líderes -ahí están las públicas desautorizaciones del candidato Clavijo a determinadas propuestas soberanistas y económicas del presidente Rivero-, en la pérdida de credibilidad por el mal desempeño del ejercicio del poder, en la aparente tolerancia con distintas formas de corrupción, en el pernicioso montaje de conflictos divisores de dudosa rentabilidad electoral y perjudiciales efectos económicos -caso de las prospecciones petrolíferas y todo lo que las rodea-, en diferencias nunca vistas con su mismo socio de gobierno y con buena parte del empresariado de las Islas, en la generación de conflictos absurdos con instituciones como la Fecai, la Fecam y las universidades, o con colectivos profesionales como el farmacéutico y el turístico de Gran Canaria, en el ninguneo sistemático de la oposición, incluida Nueva Canarias, y sus iniciativas -algunas realmente interesantes-, sobre todo en el Parlamento, donde la intransigencia y la falta de diálogo parece la nota dominante.

Si le dejan y le apoyan, creo que el candidato Clavijo está en condiciones de poder reconducir algunas derivas inexplicables y ciertos errores de forma y de fondo producidos en los últimos tiempos por parte de su formación política, a fin de reforzar la potencia y credibilidad de CC -y también su corte liberal progresista, sin irredentismos mesiánicos, con pretensiones de arbitraje entre los dos grandes partidos nacionales-, lo que a su vez mejoraría las bases de la convivencia en libertad y el funcionamiento de las instituciones desde la eficiencia y la transparencia, junto a las necesarias políticas de consenso, hoy imposibles, dados los grandes desafíos del tiempo presente.