X
luces y sombras>

África – Por Pedro H. Murillo

   

El calor de la avenida de Anaga es inevitable, por mucho que intentes huir te enreda con su fetidez pastosa. En una cafetería, los observo. No llego a dilucidar si son pareja o simplemente les une una amistad trágica. Por deformación o formación, según se mire, no puedo evitar escuchar. Ella tiene una belleza antigua que recuerda a las ruinas ignotas de Persépolis, provistas de una aridez escultural. Su pelo es negro, de una intensidad que le confiere una gravedad extraña al rostro. Junto a ella, está su compañero de café. Es de constitución atlética, de raza negra. Rostro afilado y ojos acuosos. La mira comprensivo y sonríe a sorbos, a cada golpe de frase. Hilo a hilo, se va desbrozando su historia común. Acaban de salir de la cárcel por tráfico de drogas y se encuentran tramitando la documentación en Extranjería. Han parado para tomar un café y charlar. Ella le relata una historia de amor y traición, de cómo su mejor amigo, tal vez amante, le confió un equipaje aparentemente inofensivo pero con las entrañas plagadas de cocaína. De poco sirvió que ella no supiera la naturaleza del contenido de la maleta. Entró en prisión. Algo parecido le ocurrió a su acompañante. Ingresó en prisión por un problema de drogas. Hablan en un español extraño pero que resulta dulce y delicioso al oído. Aventuro que él es de Sierra Leona o Nigeria, mientras que ella parece argelina. Por un momento, lloran juntos al recordar a sus hermanos, cinco ella y siete él. Se hace el silencio y miran de soslayo el mar que permanece secuestrado a unos pocos metros de nosotros por el puerto y contenedores. Es como si buscaran la rosa de los vientos en donde habitan los rostros de sus familias quizás de tantos de los que no llegaron y de los que nunca tuvimos noticias ni pudimos contabilizar sus muertes. Pienso en África y en el tramo insignificante de azul y lágrimas que nos separa del Continente Madre y en esa lejanía impuesta que se revela casi imposible de salvar. Pienso en la labor de investigadores como Basilio Valladares y su Campus África, con la participación de tantos especialistas; pienso en la otra África desconocida y que nos la cuenta desde las páginas de El País Pepe Naranjo, y lo lejos que queda aquella comida entrañable que compartimos en La Orotava, cuando estábamos en otras batallas y otros periódicos. Pienso en el continente que parece alejarse a fuerza de violencia y virus mortales mientras regreso a esa conversación de café y supervivientes. Me percato que son casi invisibles para el resto de personas que deambulan meteóricas embutidas en tacones y oficios urgentes. Ellos se han quedado al otro lado del mar, de frente al olvido. Los miro por última vez, apuro mi café amargo y parto rumbo hacia la radio con el convencimiento, como decía el adagio, de que vale la pena seguir siendo esa gente humilde y rara que le cuenta a otra gente lo que le pasa.