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Alarmas y protocolos – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Hemos de reconocer que España era un país candidato destacado a protagonizar el primer contagio de ébola fuera de África. La falta de profesionalidad y de rigor, la improvisación permanente y grandes dosis de irresponsabilidad son características definitorias de nuestra cultura y de nuestra sociedad. Y en esas condiciones, y en un asunto tan sensible y peligroso, la tragedia estaba servida. Aún así, muchos creímos que la extrema gravedad de la situación haría que, por una vez, nos comportáramos de forma diferente. Hace varias semanas, por ejemplo, escribimos que la repatriación de los religiosos españoles desde Liberia y Sierra Leona, dos de ellos infectados con el virus del ébola, un virus que, finalmente, les causó la muerte, había puesto de manifiesto de nuevo los peores aspectos y los valores -antivalores- más negativos y menos ejemplares de nuestra cultura y de nuestra vida política y partidista. Y que esto había ocurrido porque un sector de la izquierda española había planteado la miserable polémica, inconcebible en otro país, sobre traer o no traer de vuelta a los religiosos para intentar salvar sus vidas.

Pues bien, a continuación añadíamos que el único motivo válido que hubiera impedido la repatriación hubiese sido la imposibilidad técnica de garantizar el aislamiento de los repatriados y el consiguiente peligro cierto de la introducción del virus en España. Pero que, afortunadamente, a pesar de nuestra crisis, nuestra corrupción y nuestros problemas, seguíamos siendo un país del primer mundo y estábamos en condiciones de asegurar esa no contaminación. Lamentablemente, nos equivocamos por completo. Es evidente que no estamos en condiciones de asegurar nada, que nuestra pertenencia al primer mundo está por demostrar, y que el poeta tenía razón: seguimos siendo un país de charanga y pandereta, aunque, eso sí, por menos de nada nos helamos el corazón unos a otros.

La palabra más repetida en estos días es “protocolo”. Políticos, periodistas y ciudadanos la utilizan abusivamente para analizar lo sucedido, para atacar o defender actuaciones, para dar explicaciones o pedir responsabilidades, y la cuestión parece residir en si el protocolo español para estas situaciones es homologable con los protocolos internacionales, y si se produjeron fallos o errores en su aplicación y cumplimiento. Por citar un caso, los pediatras españoles denuncian que el ministerio no ha elaborado un protocolo de ébola específico para niños. Pero antes que los protocolos está el sentido común. Y en este desgraciado asunto, como en muchas sentencias de nuestros jueces, lo primero que destaca es que está ausente el más elemental y primario de los sentidos comunes.

Una técnico de enfermería que ha atendido sucesivamente a dos pacientes fallecidos por ébola, que ha permanecido en la misma habitación que sus cadáveres y cuyo trabajo profesional consiste, entre otras muchas tareas, en cambiarles los pañales, en limpiar sus fluidos corporales, incluidos los vómitos, y, en definitiva, en realizar actividades sanitarias que comportan un altísimo peligro de contagio, se marcha de vacaciones; se relaciona con unos y con otros sin limitación alguna; acude a una peluquería; se presenta a unas oposiciones, y, en resumen, es considerada una persona de bajo riesgo de contagio, cuya única precaución consiste en tomarse la temperatura dos veces al día y comunicarla a no se sabe bien quién. Y lo mismo el resto de los componentes de los equipos médicos que atendieron a los fallecidos. La lógica más elemental nos indica que todas esas personas debieron estar sometidas a un control estricto y a una severa restricción de movimientos durante los veintiún días en los que se incuba el virus. Pero no. Estamos en España, y solo ahora el ministerio de Sanidad ha modificado los protocolos para que las personas en esas circunstancias sean consideradas de alto riesgo. Cualquier comentario sobra. En el comportamiento de la técnico de enfermería hay sombras no explicadas que no sabemos si obedecen a una imprudencia o descuido personal o a seguimiento de instrucciones recibidas. Se nos ha dicho que la fiebre delatora de la enfermedad ha de superar los 38,5 grados. Pero no se entiende que una persona en sus circunstancias que tiene unas décimas y síntomas de astenia no acuda inmediatamente a su hospital de referencia, el Carlos III, y no se le practique también inmediatamente la prueba del ébola.

Por el contrario, acude a su centro de salud, en Alcorcón, y, además, no informa de sus antecedentes a la médico de familia, que le diagnostica un proceso gripal. Después, es la propia interesada la que solicita que se le practique la prueba. Y se ha denunciado que la ambulancia y los sanitarios que la trasladan al hospital de Alcorcón no llevan ninguna protección especial y trasladan a siete personas más sin desinfectar la ambulancia. El consejero de Sanidad de Madrid aduce que en ese momento todavía no se ha detectado que padece ébola, y se permite sugerir que ha mentido respecto a su fiebre mientras estuvo de vacaciones. Sigue sobrando cualquier comentario.

Se repite mucho estos días eso de que no hay que alarmar a la población. Pero la población no se alarma por el ébola; se alarma cuando comprueba en manos de quién estamos.