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Asalto a un mundo feliz – Por Jorge Bethencourt

   

Aldous Huxley escribió sobre un mundo perfecto y falsamente feliz. Un mundo donde el sistema está por encima de los ciudadanos que sólo son piezas utilitarias de un mecanismo colectivo. La obra de Huxley es una indisimulada y acerba crítica al modelo de sociedad comunista. Pablo Iglesias, que no es un macho alfa, sería un ciudadano privilegiado en esa sociedad donde el todo está muy por encima de cada una de las partes. El origen de Iglesias y de los restantes anticapitalistas que forman -ahora sí- la cúpula dirigente de Podemos, es precisamente una sociedad basada en el privilegio de lo colectivo frente a lo individual. El interés, la libertad, los deseos y los derechos de cada ser humano son asuntos despreciables en cuanto no cumplan una función de carácter social. Es decir, no somos quienes somos sino que somos en función de los demás. Si agarran el rábano por esa hoja y siguen tirando se pueden encontrar de todo, desde los orígenes del cristianismo hasta los más lóbregos pasadizos de un comunismo que cambió la historia. Podemos se ha puesto una fina piel de cordero sobre su cuerpo de lobo estepario. El poder no se toma por consenso sino por asalto. Como el cielo. Porque el poder y el cielo, para los comunistas ortodoxos, vienen a ser la misma mierda. Entre tarjetas opacas y escándalos financieros, la quilla de los antisistemas va navegando la realidad sin apenas esfuerzo. Ahora toca no asustar al personal, que todavía siente un nostálgico miedo de los rojos aunque esté decepcionado y harto de la derecha. Y encima, la dirigencia se toma la molestia de poner a votar a la gente, aunque hayan escrito previamente el menú del paripé. Son la única inteligencia que se otea en este páramo de la política española. Así está la cosa de mal.