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Callejón sin salida – Por Román Delgado

   

Parece que sobre la crisis del vino de importación vinculado a la empresa controlada por el Cabildo de Tenerife (el que de verdad manda en esa entidad) y llamada Bodegas Insulares no está todo dicho. Algunos del sector vitivinícola local, los más críticos y encabronados por tantos desmanes, apuntan que existen más cosas que se han hecho mal, muy mal o tan mal e incluso algo peor que lo ya ocurrido con la compra en La Mancha de vino blanco barato, varios años seguidos y para proceder a casarlo con vino estropeado de origen tinerfeño sito en el Sur, en la ya prestigiosa bodega comarcal de Guía (la de la compra por más de dos millones de euros con dinero de todos nosotros). Lo cierto, tal y como han asegurado los servicios de inspección de la Consejería de Agricultura del Gobierno de Canarias, es que en algunos casos hubo matrimonio con boda y, en otros, para unos miles de litros de nada, lo que se impuso fue la soltería: la comercialización de vino barato de fuera con marca que llevó vino de calidad de aquí, entonces con contraetiqueta de la denominación de origen Ycoden-Daute-Isora (que así fue hace algunos años). Se dieron todas las combinaciones posibles: que si vino de mezcla con producto de aquí y oferta de La Mancha y que si vino de allí con marca de aquí, con la distinción comercial Viña Donia (y otra más), marca que, por lo que se ve, se ha prostituido de todas las formas y maneras a partir de decisiones tomadas en Bodegas Insulares, donde, como ya se ha recalcado, manda el Cabildo de Tenerife, o sea, José Joaquín Bethencourt, el consejero insular de Agricultura, o, si se prefiere, su jefe: el presidente Carlos Alonso. Es lo que hay. Lo desvelado anteayer por los inspectores del vino, en especial que hubo comercio exclusivo de vino importado, barato, blanco, de Península, sin casarlo con el de aquí, compitiendo de forma impropia (porque la empresa que así lo ordenó tiene control público) y además con tanto depósito lleno de vino guanche en la Isla, ahora sí parece suficiente para que la de Chicho Savoie no sea la única cabeza que ruede en esta crisis. Bethencourt dice y reafirma que no sabía nada, pero eso ya no importa. No puede ni debe seguir: nadie lo quiere. Si permanece en el cargo ya sólo será porque queda poco para que termine esta nefasta función, aunque entonces debe ser el presidente el que asuma el riesgo y el calvario de no poder trabajar en el próximos meses por el futuro del vino de calidad en la Isla, cuya situación actual es crítica. Esto, salvo que sean ciertas otras comidillas, debe ser ahora mismo lo que más importe. Sin interlocutor válido en este sector, tras la pérdida legítima y contrastada de confianza en Bethencourt, el futuro quizá transite más veloz hacia la nada.