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Las colas – por Jorge Bethencourt

   

Resulta asombroso cómo nos adaptamos resignadamente a las peores situaciones. Para quienes viven en el Norte de Tenerife ir a trabajar todos los días constituye una tortura tantálica. Hay gente que se levanta horas antes de que empiece su trabajo para evitar el tráfico y termina durmiendo luego en su coche, ya en la capital, hasta la hora de entrada. Entre el Puerto de la Cruz (por escoger un sitio) y Santa Cruz hay unos 40 kilómetros. Y cada día miles de vehículos recorren en ambos sentidos una vía incapaz de absorber el tráfico que soporta en horas puntas. Más de cien mil vehículos pasan al día por el Padre Anchieta que es uno de los puntos viarios más saturados de Europa junto con la rotonda de Las Chumberas. La entrada a La Laguna mezcla un intenso tráfico de peatones en la zona universitaria con vehículos que intentan acceder a La Laguna. Y colapsa una autopista que ya es, en realidad, casi una vía urbana. Los cincuenta mil vehículos diarios que gestiona en cada sentido son incapaces de fluir en los momentos de máxima densidad de tráfico. La gente va defensa con defensa. Y cuando llueve o hay un accidente, las colas se eternizan. Es infame, sobre todo porque no existe alternativa a esta condena. Tenemos un parque de vehículos cercano a los seiscientos mil, triplicando la media peninsular. Y nuestras carreteras, sencillamente, no están a la altura de un lugar donde no existe ningún transporte público opcional. Cada día soportamos las colas de vivir en una gran capital europea, pero no lo somos. Ni tenemos trenes o metros. Sólo tenemos la inmensa capacidad de aguantar por el lomo resignadamente. Un día tras otro.