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Ébola – Por Leopoldo Fernández

   

El caso del ébola contagiado a la auxiliar de enfermería Teresa Romero en Madrid se complica por momentos, hasta emponzoñar todo el proceso, por las revelaciones que se van conociendo paulatinamente. Las autoridades habían ofrecido garantías absolutas de que el traslado a España, desde Sierra Leona, de los misioneros padres Pajares y García Viejo, afectados por dicho virus, no ocasionaría ningún problema en el sistema sanitario nacional y mucho menos en el conjunto de la ciudadanía. A tal efecto, subrayaron que se habían adoptado las medidas de aislamiento y control para impedir, en cualquier caso, la extensión de la dolencia. La realidad ha demostrado fehacientemente que, pese a la buena voluntad puesta en tal empeño, ha fallado la cadena de seguridad. Parece que un descuido de la mentada enfermera -llevarse las manos, provistas de guantes, a la cara, tras haber estado en contacto con un posible foco de infección- pudo contagiarle el ébola. Tampoco informó a los médicos que la trataron inicialmente, en varios centros asistenciales a los que acudió, de que había estado en contacto con enfermos de ébola. Fuera o no un descuido la causa de la extensión de la enfermedad, cabe preguntarse si no se explicó en tiempo y forma el obligado protocolo de actuación, si el personal sanitario no fue instruido a fondo y dotado de los medios e instrumentos imprescindibles -y todos ellos con el debido nivel de calidad- para el mejor aislamiento del virus, y si no existía algún responsable sanitario encargado de supervisar en última instancia el correcto funcionamiento de todo el sistema de prevención montado en el Hospital Carlos III a raíz de la llegada de los dos religiosos contaminados por el padecimiento viral. Por lo pronto, a la vista de lo ocurrido la Fiscalía ha abierto una investigación para depurar eventuales responsabilidades, en tanto la Organización Mundial de la Salud espera las explicaciones oficiales españolas. Aún así, la ministra de Sanidad considera, y con ella prestigiosos investigadores como los doctores Patarroyo, padre e hijo, y el profesor Valladares, que resulta prácticamente imposible que en España, y menos aún en Canarias, se produzca una epidemia de ébola. Han añadido que el país está perfectamente preparado para combatir los efectos de la actual adversidad sanitaria. No ha lugar por tanto a la alarma social lanzada por algunos agoreros de ocasión, y menos aún al temor que se advierte en los foros sociales. Pero harían bien las autoridades en aprender de sus propios errores y establecer las debidas políticas de prevención, dada la incidencia de este tipo de noticias en la opinión pública e incluso en los mercados, siempre sensibles ante cualquier alteración de la normalidad.