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El enfermero – Por Saray Encinoso

   

Es enfermero y no era la primera vez que viajaba para prestar ayuda en una misión humanitaria. Seguramente cuando el ébola empezó a expandirse por varios estados africanos, decidió que también en esta ocasión quería estar allí y hace más de un mes voló hasta Sierra Leona con Cruz Roja. Volvió el 12 de octubre a Tenerife tras hacer escala en Madrid y cuatro días después se levantó con dolor de garganta y décimas de fiebre. La prudencia, su experiencia profesional y el protocolo de la organización humanitaria hicieron que actuara con rapidez: llamó inmediatamente al hospital de referencia de la provincia y la Consejería de Sanidad activó las medidas previstas ante un posible caso de ébola. Los responsables sanitarios informaron de cómo y cuándo se produjo el traslado y de cuánto tiempo tardarían en tener los resultados de las pruebas. ¿Necesitábamos conocer más datos de ese voluntario que, igual que otros tantos héroes anónimos que mejoran el porcentaje de solidaridad global, hizo siempre lo que debía? ¿Teníamos que ver su cara, pronunciar su nombre, saber dónde o con quién vivía?

Lo difícil aquel jueves no era identificar a aquel hombre que puso en juego su vida para intentar salvar la de otros; lo más complicado era no hacerlo y argumentar por qué. El reto estaba claro: delimitar hasta dónde llegaba el derecho a la información y hasta dónde la ley de protección de datos (el enfermero pidió expresamente que no se divulgaran datos personales). Era una cuestión jurídica, pero también -y no menos importante- de ética y de responsabilidad. Los lectores tenían derecho a saber a qué se dedicaba, por qué existían más posibilidades de contagio, cuándo y cómo regresó, en qué centro fue ingresado o cómo funcionó el protocolo, pero no era relevante que vieran su rostro o buscaran en Google Maps su calle.

Hace unos días, el director del centro del Programa Mundial de Alimentos en Las Palmas, Pablo Yuste, un hombre que ha dedicado más de 20 años a la cooperación, explicaba -con la perspectiva que solo da la experiencia- por qué la gente ha reaccionado de una manera tan injusta ante la salida del virus de África. Y lo hacía con una empatía admirable y muchísimo más difícil de contagiar que el ébola. “La solidaridad es innata, pero también lo es el miedo”. La reacción de terror ha sido desproporcionada, pero solo hay una forma de transformar ese sentimiento: informando. Ese es nuestro trabajo, pero hay que hacerlo con rigor y sin olvidar el objetivo de la profesión. Si no, no no sirve para nada.

@sarayencinoso