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La felicidad – Por Carmelo Rivero

   

Está comprobado que al que le toca la lotería, la alegría le dura un año. El nuevo rico se malcría enseguida por comparación con los de su casta, según la terminología al uso. Es que todo se pega. Hablemos de la felicidad para cambiarle el paso al “demonio que ejerce la maldad noche y día” (A.M.Sall). Nos descarrilan la bolsa y el ébola, y la borrasca de ayer como un retazo del 31-M. La austeridad y los brotes verdes son las dos falacias de la misma moneda. En estas, el concierto/diálogo del sábado en el Guimerá sobre la felicidad era un verso suelto, un mitin en busca de país. Está el socorrido caso de Bután -el pequeño oasis agrícola del Himalaya que mide la felicidad y descree del PIB-, con su monarca de cuento de hadas, que nombró una comisión de la felicidad nacional bruta para que las leyes y los presupuestos procuren el gozo de los súbditos. Los de Podemos van a Bután y se traen el programa electoral hecho. ¿Por qué huyen los votantes de los partidos clásicos como de la peste? Porque la porqueriza hiede en los cajeros. La tercera recesión que viene caminando no ablanda a Merkel, huraña del euro, que se merendó con su fusilería de recortes la mano de obra en España y la dejó en el 25%, la mejor tasa de infelicidad. Y la pone de ejemplo. ¿Felices los españoles
-ya no digo los canarios cuando llueve así amén de la que ha caído-, que perdieron la soldada y el carpe diem? Deberíamos trabajar tres días a once horas la peonada, según Slim. La economía holística de la felicidad es la quimera que antes decíamos utopía. El nobel Stiglitz informó de ello a Sarkozy, y Cameron ha pedido que le pasen el índice de felicidad general. Adán Martín hizo aquel discurso de la felicidad que le afearon. Y hay un ranking de la OCDE, con Suiza en cabeza de los indexados, y otro de una fundación que elige a Costa Rica. España aparece muy abajo. Con el estado de ánimo per cápita, más de un país rico es un pobre infeliz de solemnidad.