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Glenn Thomas – Por Luis Ortega

   

En medios escritos y redes sociales se vincula la caída del Boeing 777, abatido en Ucrania, con la epidemia de ébola desatada en África y que anotó su primer caso en España, con la lógica alarma europea en el debate político y la bolsa. El pasado 28 de julio y, cuando se cruzaban acusaciones sobre las causas y autoría del avión alcanzado por un misil, lamentamos doscientas muertes; la mitad, profesionales sanitarios inscritos en el XX Congreso Mundial sobre el Sida en Melbourne (Australia). Una víctima famosa fue el profesor holandés, “Joep Lange (1954-2014), presidente que fue de la IAS, azote de falsarios y laboratorios y descubridor de un compuesto probiótico que podría actuar eficazmente sobre el VIH”, escribí en esta misma esquina. En la apocalíptica marea que nos sacude, que se cobra centenares de vidas en el triángulo de Sierra Leona, Liberia y Guinea y con la justificada alarma por los episodios español y norteamericano, nos enteramos también de la desaparición de un periodista que fue de la BBC y consultor de la Organización Mundial de la Salud en Ginebra. El británico Glenn Thomas (1965-2014) acudió a todos los foros convocados en esta década sobre “patologías transmitidas por contacto directo”. También actuó en grupos multidisciplinares que investigaron el virus del ébola, en el Laboratorio de Armas Biológicas del Hospital Kenema, de Sierra Leona. Fue un respetado portavoz de la OMS que demandó “con razones y sin tregua a países desarrollados y organismos trasnacionales un compromiso firme para actuar en los territorios amenazados y combatir la pandemia en sus orígenes”. Las escalofriantes coincidencias de las muertes de Lange y Thomas, en un acto criminal y sin castigo, y el terrible repunte de los males que castigan a los inocentes del continente negro, superan de largo la imaginación de los guionistas cinematográficos más morbosos y lastiman, pese a sus callos, la piel de asombro de las gentes del Primer Mundo. Cuesta tanto imaginar una pérfida conspiración con intereses económicos como justificar estas trágicas casualidades. Y cuando cada episodio suscita ríos de miedo y escándalo y las voces encontradas derivan el problema a cauces indeseables, África reclama atención urgente por parte de quienes explotaron sus recursos y le negaron cualquier opción de desarrollo, porque lo que aquí nos amenaza por azar, error o negligencia, allí es el negro telón que tapa a diario cualquier esperanza.