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No hay mus – Por Juan Carlos García

   

Entre todos los juegos de naipes quizás uno de los más conocidos y populares con la baraja española sea el mus. El desarrollo de este juego adquiere en las últimas semanas  connotaciones políticas y sociales. La población española en general y la canaria en particular asisten en calidad de observadores privilegiados a los diferentes lances de las diversas partidas de mus que se recrean en escenarios diversos. Normalmente lo juegan cuatro personas, en parejas. Los puristas establecen la partida con cuatro reyes. Cada jugador, con cuatro cartas, acomete la partida con la opción de apostar (envidar) en cada uno de los lances del juego al considerar que su pareja o él tienen las mejores cartas para llevarse los puntos. Cuando un jugador estima que él o su compañero poseen unas cartas tan buenas como para ganar la partida, se pasa de realizar una simple apuesta a lanzar un órdago, en el que el envite es completo. O todo o nada. En ocasiones, el órdago echado no se corresponde con el resultado previsto por uno u otro miembro de la pareja. Así, en su momento, la oposición y gran parte de la sociedad española respondieron con un órdago al envido inicial de Gallardón por la suerte de la ley del aborto. El entonces ministro, con buenas cartas, no contó con el respaldo de su compañero de mesa para aceptar el reto. Y perdió la partida. Con el independentismo escocés ocurrió todo lo contrario. El órdago lanzado por sus impulsores fue aceptado por los detractores. Estos últimos ganaron la partida. En Cataluña se ejercita otra. El órdago arrojado sobre la mesa por los soberanistas corre el peligro de no ser aceptado. Si es así, aquellos se anotarán varios puntos y seguirán con otra jugada de la partida. Aquí en Canarias, el presidente Rivero, con malas cartas, aceptó el órdago de Clavijo y perdió. Y ahora se encuentra inmerso en otra partida en la que él ha lanzado el órdago a la pareja más fuerte. Órdago de los yihadistas en Oriente Próximo. Órdago de Hawking al futuro. Órdago del ébola al mundo occidental. En esta última partida de mus, Occidente ha aceptado el reto máximo, aunque ha perdido otros lances del juego. Al repartir la cartas, si todos los jugadores dicen “mus” se dan nuevas cartas. Cuando uno solo de los jugadores no quiere que se repartan más cartas, sin dar opciones al rival para “rearmarse”, como ocurre en los diferentes sectores de la sociedad, es entonces cuando el jugador pronuncia “no hay mus”.