X
el dardo>

El honor de Chicha – Por Leopoldo Fernández

   

No me gusta escribir sobre cuestiones que me afecten directa o indirectamente; prefiero, por discreción, dejarlas en el territorio de lo personal o privado. Hoy hago una excepción porque en medio se encuentra una querida compañera, Chicha Arozarena, cuyo buen nombre e incluso su impecable trayectoria profesional fueron puestos en tela de juicio por el simple hecho de haber declarado como testigo en un juicio instado por mí, en solicitud de protección de mi honor, contra Andrés González de Chaves, Ricardo Peytaví y Editorial Leoncio Rodríguez, editora de El Día. Una sentencia de la Audiencia Provincial acaba de confirmar otra del Juzgado número 4 de Santa Cruz que condenó a los mismos tres demandados a abonar a Chicha 6.000 euros por los daños morales causados con la intromisión ilegítima en su derecho al honor y a la intimidad, al utilizar frases y expresiones insultantes y vejatorias, así como información no veraz, en al menos 26 ocasiones, entre 2009 y 2012. Entiende la audiencia que los aludidos vertieron sus palabras “en un contexto que se puede considerar de venganza y campaña difamatoria” a raíz de las declaraciones prestadas por Chicha en el juicio citado, que la Audiencia considera “una obligación ciudadana”. Según la sentencia, los insultos y las expresiones utilizados por los actores, que prefiero no reproducir, “resultan excesivas, innecesarias y claramente obedecen a un afán difamatorio”. Como cabía esperar, el fallo judicial deja las cosas en su sitio y, con duras palabras, rechaza las “vulgaridades y expresiones soeces que en nada ayudan a la formación de los lectores de prensa y sólo sirven para degradar una profesión que tiene como finalidad la comunicación de noticias pero también la de acercar la cultura a sus lectores”. Y es que determinadas opiniones no pueden quedar amparadas por la libertad de expresión si ésta sobrepasa los justos límites del derecho de crítica y la protección del honor. Me consta que, durante unos cuantos meses, Chicha lo pasó muy mal, por los persistentes e indebidos ataques que hubo de soportar -a mí me pasó otro tanto con los mismos actores- y a los que nunca quiso responder -igual hice yo-, salvo en la única instancia en la que se deben dilucidar las acometidas injustas y desproporcionadas: los tribunales. Una sentencia tan rotunda deja a Chicha con su honor bien a salvo, aunque quienes la conocemos sabemos fehacientemente que siempre ha sido persona de bien, íntegra, seria y competente tanto en su vida personal como en la profesional. En cuanto a los condenados, no me duele reconocer que ya di por olvidadas las ofensas de que fui objeto. Sólo deseo que estén arrepentidos de su proceder de ayer y de hoy y que nunca más ataquen el honor de nadie.