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Incompetencia – Por José Miguel González*

   

Cuando es de actualidad la conformación de un tipo y nivel de competencia para todos los niveles de decisión, cuando se están defendiendo las necesidades financieras coherentes con el ejercicio de éstas, resulta que quien tiene que proceder a su ejecución es muy probable que no sea el brazo adecuado, o bien por el desinterés que se muestra frente al bienestar común respecto al individual, o bien porque existe incompetencia en el ejercicio de las competencias.

A este razonamiento se ha llegado porque resulta que da la sensación, por lo que pone en los papeles, que lo tenemos todo, absolutamente todo, controlado. Infalibles normas de puesta en marcha de cualquier protocolo ante la más nimia amenaza. Hasta ahí todo bien. El problema surge cuando abandonamos el laboratorio y dejamos de estar en un simulacro teórico. Independientemente de la edad que se tenga, todas las personas hemos atravesado en algún momento o lugar un hecho que nos afecta en mayor o menor medida. Mentalmente puede que estuviéramos en plena preparación para afrontar la vicisitud, pero es posible que no se mantuviera orden alguno a la hora de acceder a la solución de emergencia, debido a la cantidad de decisiones descoordinadas en las que la aceleración pudiera parecer que es la mejor de las recetas siempre y cuando no se sustituya por la precipitación, ocasionando más problemas que soluciones. Es probable que gran parte del problema radique en la capacitación de las personas que están situadas al frente. No sólo vale la voluntad, que puede ser infinita. Hace falta conocimiento, y éste no entra por ósmosis. Entonces, cuando se gestiona a la sociedad, ¿por qué la falta de documentos no es óbice para generar una barrera de entrada lo suficientemente alta para así evitar que seres en forma de reptiles sociales hagan su profesión a costa de unas siglas?

Lo cierto es que, al final, cualquier acción debe estar supeditada a la capacitación profesional, porque de lo contrario la eficacia desaparece e incluso se convierte en un problema. Lo que suele ocurrir es que la incompetencia se enmascara detrás del asesoramiento técnico permanente, lo que, normalmente, duplica el coste del servicio. Tal vez sea ésta la causa del alejamiento de gran parte de la sociedad respecto a las instituciones que la amparan, o tal vez sea ésta la causa de que, donde debería verse una solución, se intuye un problema. Pero lo cierto es que la situación requiere de decisiones, muchas veces incorrectas, políticamente hablando, porque ahora resulta que todo lo que se ha denominado sacrificios sociales en aras de mantener este tinglado no sólo no ha servido para reflotar la situación, sino que ha generado desigualdades sociales más pronunciadas. En este sentido, pudiera parecer que la apuesta por lo común, dejando el ámbito privativo de lado, no es más que una ocupación más. No se trata tanto de acertar, sino de no generar errores y así, de esa forma, las decisiones no se toman en torno a la eficacia del interés colectivo, sino a la influencia que tenga éste sobre su propia perpetuación. Y no sólo se está hablando de política. Existe una falsa sensación de seguridad en todos los ámbitos de nuestra vida, cuando realmente lo que sucede es que la actitud negativa hacia los acontecimientos termina por generar un carácter cobarde determinado. Es así de crudo. No se trata de meter miedo, se trata de gestionarlo de forma que no genere inacción. Esta reflexión no es gratuita, porque debemos concienciarnos de que no tenemos red. Estamos en continua caída y luchamos día tras día y noche tras noche para encontrar un asidero, por pequeño que parezca, con el que podamos ralentizar la marcha. Y los datos de la EPA para Canarias no hacen sino recordarnos tozudamente esta realidad. Hay menos gente buscando trabajo y, los que lo tienen, o bien se quedan sin él o se les aminora la jornada y/o salario. Si ésta es la definición de competitividad que se quiere dar, es que no han entendido nada.

*ECONOMISTA