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Jesús Mendoza – Por Luis Ortega

   

Hemos criticado aquí el injusto olvido que cae sobre la memoria de personas que sobresalen por talento y entusiasmo en el ejercicio de sus profesiones y que destacan en el horizonte gris por su creatividad y virtudes cívicas. Resulta justo que, censurada la regla, valoremos la excepción. Hoy se cumplió un año de la muerte de Jesús Mendoza González (1944-2013), natural de Juncalillo, en el municipio grancanario de Gáldar, e inolvidable prior de Candelaria. Se pagó los estudios de bachillerato con su trabajo de peón de albañil y perteneció a movimientos católicos, antes de ingresar en la Orden de Predicadores; pasó por conventos de Córdoba, Granada, Sevilla y Madrid, donde completó su formación de filosofía y teología y, desde 1986, fue destinado a Tenerife para dirigir la comunidad dominica y llevar las parroquias de Santa Ana y María Magdalena. Me distinguió con su amistad y su confianza y descubrí a un hombre piadoso que distinguía al prójimo con nombre y apellido y que transmitía la fe con su ejemplo. Gastó tanto entusiasmo en mejorar el templo y fomentar el culto mariano como en servir a los vecinos de la Villa y la comarca, más allá de su condición de feligreses. Conquistó el afecto de cuantos le conocimos y logró, en tiempos difíciles, que la necesidad real de la gente se impusiera sobre el mandato de la tradición. En las últimas fiestas de la Patrona de Canarias, con el asentimiento y el aplauso de todos, o casi todos, cambió los ostentosos fuegos de la víspera “por papas y gofio para los pobres”. En nuestras frecuentes conversaciones me habló de su descubrimiento de la localidad y su gente; de sus residencias veraniegas en el cenobio dominico, de la ordenación como presbítero en Las Cuevecitas y de su primera misa ante la Virgen Morena, flanqueada por las encáusticas de José Aguiar; de su compromiso evangélico y, en consecuencia, de su defensa irreductible con los desposeídos. “Ahí no se puede ser tibio, como advirtió Jesús de Nazareth”, recordaba a menudo. Sus últimos años los dividió entre el celo al templo candelariero, mejorado sensiblemente en su eficaz mandato y a la materialización de la Casa de Acogida abierta gracias a sus esfuerzos. Ahora, y es un acto de justicia que conviene resaltar, la Corporación local, familiares y amigos dieron el paso decisivo para crear la fundación y erigir el monumento en bronce que honren la grata memoria de un buen ciudadano, fundamental en la historia contemporánea de este municipio que ya le distinguió con el título de Hijo Adoptivo y la Medalla de Oro y con la rotulación de una calle con su nombre en la Villa de Candelaria.