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El jodido tiempo – Por Jorge Bethencourt

   

Será normal pero a mí lo del tiempo me tiene hasta los mismísimos. El otro día nos estaba cayendo una manta de agua que hasta las ratas salían asustadas de las alcantarillas para no ahogarse. Y, de repente, hoy nos avisan que estamos en alerta amarilla (¿no tendrían algún otro color más agradable?) por altas temperaturas. Tú te descojonas un poco con la peña: “Sí, hombre. En octubre. Nada. Tranquilos que estos no dan ni una”. Pero entra una calufa que parece que estás en pleno agosto. Y empiezas a sudar como un descosido y a decir que el tiempo está como una cabra.

El deporte nacional es meterse con la gente que hace las previsiones del tiempo. Porque no avisan cuando ocurre algo gordo. Se pasan todo el año avisando y acertando pero no nos acordamos. Nos cuesta entender que en un archipiélago como el nuestro, con siete islas alejadas entre sí como la distancia que va de Galicia a Cataluña, resulta muy difícil acertar con todas las situaciones que se dan en todos los lados. Y es que tenemos eso que se llama microclimas, que complica más lo que ya es complicado. Un prójimo se puede estar bañando y tomando cervecitas en el Sur de Tenerife, asado de calor, tal día como hoy y al mismo tiempo, a unos pocos kilómetros de distancia hacia arriba, en Ucanca, otro amigo se puede estar congelando de frío y pidiendo a gritos un chocolate caliente.

En un sistema tan plural -sin movernos de una sola isla- las evidencias nos han probado una y otra vez que el clima, en ocasiones, es imprevisible. Se habla de invertir en más equipos. Perfecto. No estará mal. Pero a veces pasarán cosas que no se puedan prever. Porque es imposible. Porque ocurren en pocas horas. Así que confía en Alá, pero ata bien tu camello.