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Leopoldo María Panero – Por Luis Ortega

   

La aparición de Rosa enferma, cuasi testamento del hijo mediano del poeta leonés de ese nombre, y la noticia de sus cenizas en la isla, pendientes de reclamación y reposo final, animaron y entristecieron los días finales de agosto. La negra paradoja resucitó su militancia radical y, con ella, sus protestas y provocaciones, sus reclusiones pese al apoyo paterno, su recorrido académico por las universidades Complutense y Central de Barcelona, su vasta cultura y su adicción al alcohol y las drogas posibles. Pero ninguna pasada vetó su acceso a los clásicos de Cátedra y al honor de una buena biografía -El contorno del abismo, José Benito Fernández, Tusquets, 1999- editada cuando se trasladó a Canarias -“al manicomio del doctor Rafael Inglott”- desde Mondragón. La saga familiar llevada al cine por Jaime Chávarri en El desencanto (1976) y, con peor suerte, por Ricardo Franco en Después de tantos años (1994) fue una crónica social que, como la obra y sombra del patriarca y la autoridad impostada de la madre, Felicidad Blanc, sucumbió con los años. Así que, de “la locura común” sólo subsistió la copiosa obra de Leopoldo María Panero (1948-2014) que rompió los reiterados avisos sobre su pronta muerte porque el hermano menor, Michi, factor de “la movida madrileña”, falleció de cáncer en 2004, y el primogénito, Juan Luis, en 2013, “murió de sí mismo”. Desde su presencia en la antología de Castellet, dejó sesenta poemarios, de distinta dimensión y alcance, siete series de relatos y tres ensayos en los que resumió, a modo de doctrina, un comportamiento que, pese a la apertura democrática, sólo comprendieron sus contados amigos, desde Ana María Moix -que lo antecedió unas fechas en el último tránsito y lo vio “como el único maldito” de España- a Gimferrer, Herralde, Luis Antonio de Villena y editores progres y alternativos que, hasta hoy, alumbraron sus manuscritos. Responsable de la poesía más pura y menos tramposa de las últimas décadas, entró en la compulsiva afición a las redes sociales y, con la certera premonición que toca a los genios, nos dejó una solemne advertencia en su última entrada en Twitter: “No llames a mi puerta, deja que el viento se lleve tus labios”. Por diecisiete días no saludó la última primavera y por un trimestre no cumplió los sesenta y seis años. Mientras maduramos la enfermedad de la rosa, la congénita patología de la belleza, el mejor Panero nos advierte con la fastuosa precisión de sus asertos y negaciones.