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Leticia Ruiz – Por Luis Ortega

   

Mientras nostálgicos y patrioteros lamentan -y en ese guineo llevan siglos- que Felipe II no entendiera ni valorara su pintura y, por tanto el Greco no añadiera su nombre a El Escorial, otros consideramos que la decoración del convento y panteón regios habrían vetado su libertad creativa e impedido su proyección universal. Superada la treintena, abandonó Italia donde recondujo su estilo hacia la corriente manierista que agrupó a quienes sumaron riesgo y dificultad al Renacimiento. Se instaló en Toledo con doble motivo: atender los encargos, que nunca le llegaron, de la Catedral Primada y, por su intención fallida de trabajar para el Rey Prudente. Se repuso pronto de los desencantos y, tal como aprendió en Roma y Venecia, abrió su taller y escuela, con fieles y brillantes discípulos -su hijo Jorge Manuel Theotocopoulos (1578-1631) y Luis Tristán de Escamilla (1586-1624) fueron los más destacados – que atendió a una extensa y rica clientela compuesta por el clero secular y la nobleza que, alertada por el gusto de los intelectuales, apostó por las atrevidas composiciones y el novedoso colorido del extranjero que mantuvo y, cuatro siglos después, mantiene la primacía de la Ciudad Imperial en el ranking cultural de Europa. Leticia Ruiz, conservadora del Prado, llevó al Museo de la Santa Cruz las obras más sobresalientes salidas de la factoría instalada en los locales que le alquiló el Marqués de Villena y que, en distintos formatos – desde las reducciones que sirvieron para pactar y pautar trabajos, a las grandes telas, algunas réplicas de títulos históricos- son demostraciones palpables de la alta exigencia del maestro y el aprovechamiento de sus enseñanzas por sus pupilos. Especial interés reflejan los variados apostolados que, por préstamos de templos e instituciones, se exponen juntos; y, asimismo destacan las diferentes versiones y la evolución iconográfica de San Francisco y María Magdalena, que gozaron de amplia devoción en la España de la Contrarreforma. Arte y Oficio, ese es el título de la muestra, permite también escrutar el vigor y la osadía que caracterizaron al genio cretense, tanto en sus concepciones arquitectónicas -aparecen fotomontajes sobre sus retablos- como en su factura plástica que, de las pinceladas con la materia justa, pasó a leves veladuras que, de acuerdo con el místico contenido, se convierten en espíritus de color, hitos luminosos que, siglos después, adoptarían los mejores simbolistas y los surrealistas técnicamente mejor dotados.