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Marcos Brito – Por Agustín M. González

   

Le conocía de toda la vida, como suele decirse, pero nunca llegamos a ser amigos. La primera vez que vi a Marcos Brito yo contaba apenas 6 o 7 años. Él tenía una gran amistad con mi tía Paca, quien cada cumpleaños solía organizar un guateque para su pandilla en la azotea de la casa de mi abuelo, con tocadiscos y bailoteo incluidos. Se juntaba más de una treintena. Yo, que era tímido pero muy jocicudo, me colaba por las escaleras para ver cómo se divertían aquellos mayores tan noveleros. Recuerdo a Marcos, como si fuera hoy, con unas grandes gafas cuadradas de pasta, sin barriga y con pinta de muy formal. Eso fue antes de que le nombraran alcalde por primera vez, aún en tiempos de Franco.

Años más tarde fue profesor de Lengua de mi hermana Milucha, en el Instituto de El Tejar. Por ese entonces mi hermana enfermó de tuberculosis y recuerdo que Marcos se portó muy bien con ella: la ayudó mucho para que pudiera recuperar clases y no perder el curso. Tiempo después yo empecé a trabajar como corresponsal de El Día y a partir de ahí tuve ocasión de conocer más de cerca al político Brito, el de las interminables discusiones plenarias con Salvador García, Domingo Perera, Francisco Carballo, Toribio León, Lola Padrón o Jaime Coello. Le gustaba discutir. Era un fajador, tenaz, paciente, socarrón y, también, muy currante.

Yo nunca fui santo de su devoción. Tuvo recelos hacia mí desde que trabajé como asesor de varios alcaldes socialistas. Aún así, nos respetábamos. Yo, al menos, siempre lo respeté, en lo personal y en lo profesional, aunque en alguna ocasión creo que me trató injustamente, y alimentó algún monstruo que terminó devorándolo. Una vez se lo demostré con pruebas delante de mi entonces jefe, Leopoldo Fernández. Creo que eso no me lo perdonó nunca.

Marcos Brito se ha ido de forma trágica e inesperada. Como informador y como testigo de su trayectoria, creo que es justo que le haga aquí un reconocimiento público, porque fue un hombre que dedicó más de cuarenta años de su vida a la política y a su pueblo adoptivo. Pocos pueden presumir de eso. Con sus aciertos y sus errores, fue un servidor público que “murió con las botas puestas”, como escribió Juanma Bethencourt. Ha sido el político portuense con más años en activo en la Corporación Municipal, en la dictadura y en la democracia, en la oposición y en el gobierno, en el Ayuntamiento y en el Cabildo, también. Por tanto, se ganó a pulso un puesto en la historia de esta ciudad, que no le vio nacer, pero sí le vio trabajar para los demás y le vio morir al pie del cañón.