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después del paréntesis>

Misioneros – Por Domingo-Luis Hernández

   

No es impertinente exponer que desde una posición agnóstica, o incluso atea (como es el caso), los asuntos de las Iglesias nos traigan a mal traer. Más cuando las Iglesias dichas se pasan de la raya, cuando pretenden intervenir en los derechos individuales, cuando exceden su credo y pretenden sojuzgar medidas legislativas sin que vengan al caso. Así ocurre con los fundamentalismos que nos rodean, Rouco Varela declaro. Entonces no solo ha de exigirse poner las cosas en su lugar sino manifestar en voz alta el enfado, aunque en territorios como este el toma y para qué se resistan.

De donde uno ha de estar dispuesto a corroborar lo que las Iglesias no confirman: las creencias son particulares, han de reducirse a la esfera íntima o familiar y no pueden interponerse en cuestiones de Estado, en el desarrollo de las conquistas del Estado y los logros, demandas y exigencias privativas.

Eso quiere decir que las Iglesias tienen derecho a intervenir. En sus fieles. Más aún, que esa labor ecuménica que las asiste (es decir, ir a buscar nuevos feligreses y convencerlos) no está mal dentro de sus límites. Fuera es posible que ocurra lo que el catolicismo en su momento manifestó: muerte a los salvajes que no se convenzan del único Dios verdadero (el nuestro) o expulsar a los contrarios en creencia o raza del territorio de la salvedad, del territorio uniformado de las creencias, como en cierta fecha de agosto del año 1492 ocurrió en la llamada España; eso o lo que ahora sucede con los mentores del autoproclamado Estado Islámico, que pasan a filo de ametralladora a los que no reniegan de sus credos y de sus valores, o que le cortan el cuello frente a una cámara a los inocentes occidentales que han capturado en el ejercicio de su trabajo (el periodismo) o de sus iniciativas (el turismo).

De lo cual se deduce que, asentados en ese privativo estado en el que nos encontramos (o agnósticos, o ateos, o razonables creyentes), nos parezca aberrante que el Estado pague enseñanzas de confesión o que sujetos específicos de los credos dichos, asentados en las esferas del poder, pretendan hacernos creer que el matrimonio entre homosexuales es anatema porque ellos no lo son o que la ley del aborto es asesina porque ellas no abortan. La ley no obliga; la ley asienta el principio de libertad al que tienes todo el derecho del mundo a acogerte, o no.

Dicho lo cual el mundo no es que se disloque sino que asienta la contradicción como principio. Lo vivimos por las noticias que nos afectan como ciudadanos de una nación al ser sorprendidos de cerca por la epidemia del ébola. Agosto y setiembre, Miguel Pajares y Manuel García Viejo. Dos personas que, en el ejercicio de su fe, de su compromiso y de su responsabilidad, dejaron el acomodo, el segundo siendo un médico eminente, para asistir a los desamparados. De donde uno se pregunta, ¿desde que situación declaran la inopia los que se encierran en la dicha imposición fundamentalista frente a semejante actitud, actitud que llevó a esas dos personas a la muerte, a aceptar la desaparición de este mundo por el deber asumido?

En esos casos, desde cualesquiera de las perspectivas, se responde: admirable. Ojalá el mundo fuera así; acaso esa terrible epidemia u otras catástrofes que rodean a las escorias de este mundo tendrían arreglo. Pero ese remedio vive en otro lugar, muy lejos del beneficio de los que vivimos lejos, muy lejos del desastre.