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Mónica de Oriol – Por Luis Ortega

   

En medio de la escandalera territorial y las secuelas canallescas de la corrupción, ahora y para más dolo en las Cajas saqueadas y reflotadas con dinero público, toda salida de tono, extravagancia o indecencia y, más aún, las ocurrencias radicales y atentatorias contra los derechos generales opera como nocivas maniobras de distracción y, en absoluto, parecen inocentes. Cuando el dislate o el chulesco envite atenta contra los derechos y, además, procede de alguien con antecedentes ruidosos y compulsiva búsqueda de notoriedad que, al parecer, no logra por los cauces justos, sensatos y razonables, el asunto es todavía más ruin y feo. Mónica de Oriol tiene una indudable capacidad para ofender las inteligencias y éticas de cuantos, lamentablemente, no tienen su status ni las circunstancias, mañas o méritos o mañas por los que lo consiguió. Dicen que es madre de seis hijos y muy buena en lo suyo -es decir, “empresaria de éxito”- pero lo que realmente demuestra, cada vez que la invitan a tribunas y foros que le vienen grandes, es su inoportunidad zafia y antiestética, su vocación de vocera de opiniones recusables por dignidad y sentido común. Vemos, claro está, el efecto unificador de sus provocaciones entre tirios y troyanos (la ministra Fátima Báñez, los sindicatos, las mujeres, los hombres) ante el silencio cómplice de la organización que preside -el Círculo de Empresarios- y de las sociedades y directivos que lo constituyen, que siempre, eso si, la podrán negar a sus espaldas. Evoca la señora, cuando menos en el verbo y las formas, tipos y episodios que, en la cúspide del cinismo, invocaban protección al Apóstol Santiago o pedían sacrificios -más trabajo y menos sueldo- a sus compatriotas (¿Recuerdan a Díaz Ferrán y a otros de su cuerda?). Al grano, doña Mónica añadió hace días otra frase lapidaria a su famosa antología: “Prefiero contratar a una mujer de más de cuarenta y cinco o de menos de veinticinco años porque, como se quede embarazada nos encontramos con el problema y eso es malo para las mujeres”. Lo peor, lo más reprobable, es que una mujer piense y predique de ese modo, como manifestaron sus colegas femeninas, afiliadas a asociaciones democráticas. Lo peor es que la misma señora ya arremetió con igual contundencia y torpeza contra los jóvenes que no encuentran empleo, “por su culpa, claro”. Lo peor es que, cada vez que lo piensa, lo quieren sus tapados, o la dejan los responsables, engorde su antología de la infamia. Lo peor es que no tenga la dignidad de marcharse e imaginar que con gentes de su talante tendremos que sostener, restaurar y mejorar el estado social y de derecho que proclama nuestra Constitución.