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La última>

Un mundo mejor – Por Jorge Bethencourt

   

Sí que éramos más pobres. Y más brutos. El domingo se iba a la iglesia con la ropa planchada. Con las camisas blancas de añil y tiesas del almidón y el pelo repeinado con brillantina. Como de esmoquin aunque se llevara solo una de las dos mudas de ropa que había en casa. La madre llevaba a los niños dentro y el padre se quedaba afuera, fumando un apestoso y amarillento cigarrillo sin filtro. Las familias no tenían ni una perra gorda y se pasaban los días de sol a sol trabajando en los canteros, pero los niños llevaban ropa limpia y las mujeres trajes cuidadosamente remendados y, a veces, unos aretes de plata o de latón. En el pueblo había un par de familias ricas cuyos descendientes de habían marchado. En las grandes casonas sólo vivía la abuela, cuidadosamente abandonada al cuidado de un par de criadas. Los que mandaban eran el jefe del cuartel de la Guardia Civil, el médico y, si lo había, el boticario. Las jeringas eran de cristal y se hervían en un caldero que tintineaba ominosamente antes de que te pincharan el culo con la misma aguja con la que se pinchaba a a todo el pueblo. No había radiografias. Te colocaban directamente detrás de una pantalla de rayos X. El pan y la leche te lo dejaban en la puerta de la casa. Pasaban hombres con burros cargados con cestas llenas de cochinos que chillaban y que estaban a la venta. Y mujeres cargadas con pescado en una cesta a la cabeza. Y a veces algunos camellos cargados de frutas. Por las atarjeas corría el agua. Las puertas de las casas no se cerraban nunca porque nadie entraba sin permiso. Y cuando se daba una mano se firmaba un contrato. ¿Crees que tu juventud de ifones, playestasions, guasaps y tabletas es mejor de lo que fue el mío? Pobrecito ignorante.