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Ojos que no ven – Por Juan Pedro Rivero

   

Hemos vuelto a escuchar, desde que el Gobierno retiró el Proyecto de Ley sobre la protección a la maternidad y el tema del aborto, y ante cuya retirada el Ministro de Justicia presentó su dimisión, las diferentes posturas que habitan la opinión pública al respecto. Tanto la afirmación de quienes consideran el aborto como una garantía que salvaguarda los derechos de la mujer, como la de aquellos que lo consideran un terrible terrorismo silencioso ante el que la mayoría cerramos los ojos… Bueno, no los cerramos, porque los ojos no lo ven… Todo esto ocurrió al mismo tiempo que tuve la dicha de estar sentado en la sala de espera del Hospital Universitario junto a un padre, una abuela y dos tías de una esperada niña que se llama Marina. No les aburro con la situación: nervios, espera, vasitos de agua, galletitas integrales. Lo típico. Lo especial de aquel momento es que los padres de Marina no habían querido saber si se trataba de una niña o de un niño. Y esto hasta el punto de tener preparados los nombres ante cualquiera de las situaciones posibles. No sabía quién era, pero ya habían preparado el corazón para recibirla y acogerla como un don. Y uno no puede dejar de comparar las situaciones que la realidad nos pone ante los ojos. Aquella pequeña niña, a la que en unos segundos le sacaros todas las fotos posibles, -claro que sin flas- hacía una hora no la conocían, ni sabían siquiera su sexo. Los ojos no la veían, pero su corazón la aceptaba. En mi opinión, el problema del aborto está en esa realidad que se nos oculta a los ojos. Y “ojos que no ven, corazón que no siente”. Como no se ve, como es chiquita, como ni llora ni hay pañales que cambiar, como nadie la ha inscrito en registro alguno, si desaparece, tal vez nadie la eche de menos. Un ser humano en proceso y desarrollo, tan incapaz de auto determinarse como después de nacer, tan frágil y tan oculto, tan dependiente… Tengo la certeza personal de que todos esos niños a quienes se les ha interrumpido el proceso vital nadan en el gozo del Amor infinito e incondicional de Dios; que están con Dios. Que viven con Dios. El problema es la muerte viviente de quienes siguen vivas y a quienes se les ha arrancado de las entrañas el mayor don posible. Ya sé que la OMS no se atreve a hablar claramente del “síndrome posaborto” escondiéndolo tras el PosTraumático. Pero también sé, y lo sé por experiencia personal, lo honda que es la herida invisible en el alma de una mujer.

*RECTOR DEL SEMINARIO
@juanpedrorivero