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Olvido involuntario – Por Indra Kishinchand

   

A menudo me pregunto cómo es posible cerrar las historias que nos rasgan, en todos los sentidos de la palabra. Algunas personas creen que es suficiente olvidar, y por ello se empeñan cada día en borrar de sus mentes todo lo que les ha sucedido. Sin darse cuenta recuerdan más de lo que abandonan, y, en su intento de arrinconar sentimientos o reflexiones, los convierten en parte de la vida. Yo no quiero olvidar. Quizás, precisamente, por eso lo hago. No es cuestión de seguir una lógica concreta. Simplemente se trata de espontaneidad, de naturalidad. Si una persona realiza un acto reprobable o que hiere a otras personas probablemente sea mejor dejar pasar un tiempo hasta que vuelva (o no) la confianza. Pero no lo voy a negar, si fuera así en todos los casos tendríamos esperar muchos años hasta volver a contar con un Gobierno, con partidos políticos, con instituciones públicas… Como mínimo instalaríamos la anarquía. En estos casos el deber es recordar. Rememorar acontecimientos y actitudes como obligación. Lo raro es que en estos tiempos lo tenemos mucho más fácil; antes el pecador debía ser perseguido para redimirse; ahora salen a la palestra orgullosos y triunfantes. Yo no quiero olvidar. Quizás, precisamente, por eso lo hago. Pero a partir de ahora me tomaré todos los esfuerzos necesarios para que esto no vuelva a suceder.