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La patita de Excalibur – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Esta semana me ha desbaratado el triunfo momentáneo del sinsentido y de la peor de las violencias, la que infligen los seres humanos a sus semejantes. De repente, el héroe se convirtió en villano. El padre García Viejo, antes llamado “el doctor García Viejo” y admirado por su entrega a los más pobres de la Tierra, de pronto es retirado de los altares laicos porque una señora se ha contagiado con el bicho mortal que anidó en su sangre un puñetero día de septiembre. Que para qué lo trajimos, que mira tú cuánto dinero gastado en un viejo, que anda cómo ha acabado la cosa, que si yo lo dije desde el principio… A un anciano mil veces más viejo que el religioso, de esos que se llaman a sí mismos yayoflautas, le oí predicar en la Puerta del Sol contra “esos curas para los que se reservan hospitales públicos”.

Prefiero olvidar lo que le contesté en público, pero recuerdo perfectamente cómo me miró el resto de indignados profesionales. Y luego está lo de la auxiliar contagiada. Mi respeto por la profesión y mi dolor por lo ocurrido son incuestionables. Pero sigo sin entender que una persona juegue con su vida y la de los que le rodean tras descubrir los primeros dolores y a sabiendas de que un maldito guante podía haber sellado su pasaporte a ninguna parte. No hablo de culpa, sino de responsabilidad. Culpa, responsabilidad y consecuencias son palabras de obligatorio uso para avanzar en la madurez y no brindar al sol de la falsa compasión. Del esperpento de las autoridades sanitarias de España y de Madrid no es preciso hablar. Las caras de pánico de los responsables nacionales y autonómicos lo dicen todo. Si además de torpes son culpables penalmente es algo que ojalá investigue la Justicia. Mi madre tiene protocolos más útiles para evitar que ensuciemos la casa que los de quienes asumieron el encargo de acorralar al bicho.

Lo más doloroso ha sido lo de Excalibur. Ahí sí que hemos enseñado la patita como sociedad. Las muestras de duelo ante el anuncio del sacrificio del perro, los ataques de histeria ante la Policía, los insultos a quienes cumplían con su obligación arriesgando su salud, la vigilia laica de oración ante la casa del can, la exigencia de derechos humanos para el sabueso… No. Rotundamente no a esta procesión de dolorosas arrebatadas para salvar la vida de un bello animal mientras millones de personas torean a diario a la misma muerte que corre por las venas de su dueña. No al hipócrita desgarro de sus vestiduras cuando miles de niños mueren a diario por falta de agua. No a las plañideras sin lágrimas cuando seguimos escenificando el baile del nosotras parimos nosotras decidimos cada vez que sale a relucir la suerte de los no nacidos. No al triunfo de los que han dado vacaciones al sentido común.

¿Demagogo? Estoy acostumbrado a que me llamen eso cuando trato de hablar del valor de la vida humana en ciertos ambientes. Esos rugidos no me amedrentan. A lo que le tengo pánico es a la posibilidad de perder aquello que me hace humano: la capacidad de compadecerme de quien sufre y de levantar al caído. Y, puestos a elegir, prefiero la urgencia del llanto de un niño que atender a los ladridos de un perro.

@karmelojph