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Pirriaca – por Jorge Bethencourt

   

Hace no muchos años, para beberse un buche de vino del país había que tenerlos bien puestos. Era una cosa azufrada que te quemaba como un soplete. El Cabildo se propuso entonces trabajar para hacer un vino mejor. Y lo hizo. Dos décadas después al pirriaca de Tenerife no lo conoce ni la uva que lo parió. Hay vinos muy buenos. Y en Canarias, en general, se están produciendo caldos que pueden competir con toda dignidad con cualquier vino del mundo. Como ocurre con toda cosa insular, en cuanto el éxito comienza a rondar la casa empiezan a salir de los armarios los viejos demonios familiares, los celos, las envidias y los jaleos de un pueblo chico que es un infierno muy grande. Para empezar, el Cabildo ya no pinta nada participando como socio mayoritario en las Bodegas Insulares de Tenerife. Se presta a que el resto de productores, que no son socios de esa empresa mixta, piensen que les hacen la competencia desleal con sus propios impuestos. Tampoco se entiende mucho que se haya comprado bodegas que estaban a punto de cascar. Hay empresas en muchos sectores que han echado el cierre y nadie les ha venido a echar una mano salvadora. Se entiende la estrategia de mantener a toda costa un sector primario fundamental para nuestra Isla, pero la manera de hacerlo no puede ser rescatar desde lo público a aquellos que fracasan y competir con después con el sector privado que ha sobrevivido. Es injusto y tienen razón -aunque la pierden con insultos- quienes lo denuncian desde el empresariado bodeguero. Lo de la importación de vinos peninsulares es pura demagogia. Lo hacen todos. Pero se utiliza para sembrar la alarma fácil. Más de lo mismo de nuestro mejor producto nacional que, como todos sabemos, es la mala uva.