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Protocolo suerte – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

En estos días se suceden las novedades preocupantes sobre el avance del ébola. Las buenas noticias se concretan, por una parte, en la clara mejoría de Teresa Romero y la casi seguridad de que va a conseguir superar la enfermedad, y, por otra, en el hecho de que ninguna de las personas aisladas en el hospital Carlos III, incluyendo su marido, presentan síntomas. Pero el ébola y su amenaza no son tan fáciles de vencer y ni siquiera de controlar. Sin ir más lejos, han ingresado en ese hospital a un hombre que fue trasladado en la misma ambulancia que Teresa, una ambulancia que no había sido desinfectada; a un pasajero procedente de Lagos, vía París, que llegó a Barajas con dolor de cabeza, fiebre y temblores; y a un misionero que llegó el sábado anterior de Liberia. Los 21 sanitarios que le han atendido en el Hospital de la Orden de San Juan de Dios, a la que pertenece, están bajo observación. Los tres ingresados han dado negativo en su primer test de ébola, lo mismo que el cooperante de la Cruz Roja procedente de Sierra Leona, donde estuvo en contacto con enfermos de ébola, que está ingresado en La Candelaria. Ha dado positivo en malaria, al igual que el pasajero de Lagos. Confiemos en que el segundo test de todos resulte también negativo.
Algunas compañías han suspendido los vuelos directos con los países afectados, pero es imposible ponerle puertas al campo y controlar la enorme gama de posibilidades de conexiones de vuelo que tienen a su disposición los viajeros de hoy en día. El Comité de Emergencia de la Organización Mundial de la Salud ha reiterado que las cancelaciones de vuelos y otras restricciones de viajes aíslan a los países afectados por la epidemia y perjudican la entrada de personal y material de emergencia, lo que puede contribuir a expandir aún más el virus. Es de nuevo lo del remedio y la enfermedad. A su vez, la Unión Europea obligará a los pasajeros de vuelos sospechosos a informar sobre la manera de localizarlos en un próximo futuro, aunque parece una medida muy débil y, además, el concepto de vuelo sospechoso es demasiado indeterminado.
La prueba de la malignidad y la virulencia del ébola se ha dado en Estados Unidos. Se trata de un país infinitamente más serio y más profesional que nosotros, que dispone de más medios y más recursos, y, sin embargo, en pocos días ha sufrido dos casos de contagio de dos enfermeras que habían atendido a un fallecido por la enfermedad. La segunda de ellas, incluso, viajó en avión y reconoce que tenía fiebre antes de hacerlo, pero que no informó de sus síntomas para no quedarse en tierra. En este caso ha surgido la polémica porque, al parecer, sí fue autorizada a viajar por las autoridades sanitarias.
Tengamos en cuenta que Teresa Romero estuvo seis días de vacaciones y con fiebre, relacionándose con unos y con otros sin limitación alguna, mientras en el caso de la primera contagiada norteamericana solo transcurrieron 90 minutos entre sus primeros síntomas y su ingreso en aislamiento total. En ese tiempo se tiene constancia de un único contacto personal. Inmediatamente después, descontaminaron y aislaron su coche particular, con el que se había trasladado al hospital y que permanecía en el garaje del centro. También desinfectaron su domicilio y todos los objetos que pudiera haber tocado, incluyendo pasamanos y barandillas.
En el caso español, ni siquiera la confirmación de la enfermedad hizo actuar con diligencia. Las tareas de limpieza en el Hospital de Alcorcón comenzaron 48 horas después de que Teresa acudiera con fiebre alta antes de ser diagnosticada. Un día después empezó la desinfección de su domicilio, que hasta ese momento había permanecido tapiado con pladur, así como del edificio donde se ubica la vivienda. Y cuando la propia interesada solicita que se le practique la prueba del ébola, la ambulancia y los sanitarios que la trasladan desde su casa hasta el centro sanitario de Alcorcón no llevan ninguna protección especial y transportan a siete personas más durante 12 horas sin desinfectar la ambulancia. Una de estas personas es el ingresado en el Carlos III que ha dado negativo en su primer test.
En cuanto a la información en Estados Unidos, sin esperar a que amaneciera, en plena madrugada, policías y miembros del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Dallas fueron llamando casa por casa a los vecinos de la primera contagiada para alertarles e informarles de su estado, y para entregarles unos folletos acerca de la enfermedad y con instrucciones sobre cómo debían actuar. Y lo hicieron incluso con residentes al otro lado de la calle. En Madrid, los vecinos de Teresa se enteraron por los medios de comunicación y tuvieron que exigir que descontaminaran también sus portales y zonas comunes.
A la vista de lo que está sucediendo, y dada nuestra tradicional falta de profesionalidad y nuestro habitual mal hacer, hemos de aceptar que estamos teniendo mucha suerte y que nuestro escenario sanitario podría ser mucho peor. Se puede resumir la situación diciendo que, entre tanto protocolo erróneo y tanto protocolo mal aplicado, el protocolo suerte se ha puesto de parte de nosotros y nos está ayudando. Pero no conviene tentar a la suerte, no vaya a ser que nos abandone.