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La reforma constitucional de Pedro Sánchez – Por Fernando Jáuregui

   

Hace tiempo que pienso que el punto nuclear de la vida política española se sitúa en la reforma constitucional, imprescindible ya más que conveniente. En ese sentido, me hallo más cerca del secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, que del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, que sigue declarando que esta reforma no está entre sus prioridades. Lo que ocurre es que Sánchez sigue anclado donde Rubalcaba o, mejor, donde Zapatero. Ya en tiempos del anterior inquilino de La Moncloa quedó delineada una ‘reforma de mínimos’ que no buscaba complicarse demasiado la vida: el artículo 57, referente a la sucesión en el trono (necesita los requisitos de la ‘reforma agravada’, es decir, disolver las cámaras y convocar un referéndum: fácil, porque tenemos elecciones a finales de año próximo), cambiar la orientación general del Senado, introducir la palabra (y el concepto) Europa y citar por sus nombres a las comunidades autónomas. A ello, Zapatero le añadió luego alguna modificación de detalle, como sustituir la palabra “minusválido”’ por “discapacitado”. Ninguna de ellas se cumplió y sí, en cambio, aquella no anunciada reforma exprés del artículo 135, en pleno agosto de 2011, cuando ya el PP llamaba a la puerta del poder, estableciendo en el texto el concepto de estabilidad presupuestaria.

Me pareció que la reforma que propugna Sánchez, no explicitada ni detallada suficientemente aún, no pretende ir mucho más lejos que la de Zapatero: cifra en la modificación de la estructura y competencias del Senado el futuro desarrollo de competencias territoriales y el diseño de lo que podríamos llamar, signifique ello lo que signifique, Estado autonómico federal, lo que evitaría meterse en la áspera reforma del (caduco) Título VIII, que regula el régimen autonómico. Ya ve usted, amable lector, que aquí falta mucha concreción y un poco más de luz, y eso parece obvio. Pero es, al menos, un primer paso, algo que lleva a una mesa de negociaciones que entiendo que debería ser tripartita Rajoy-Sánchez (una vez que hubiesen llegado a un previo acuerdo entre ellos)-Artur Mas, con la conciencia de que el poder mediador del rey no debería estar ausente sobrevolando, sin una presencia física, ese proceso.

Claro que eso daría mucho de sí, y ofrece multitud de posibilidades si se quiere que las oportunidades lleguen, lo cual, como decía Picasso de la inspiración, solo llega cuando se está trabajando. ¿Por qué no, por ejemplo, retomar aquella vieja idea consistente en instalar algunas instituciones, comenzando por el Senado, en diversas comunidades autónomas, como Cataluña, Euskadi, Galicia, por citar solamente a las históricas? ¿Por qué no estudiar la idea aventada por el padre de la Constitución Miguel Herrero Rodríguez de Miñón consistente en agregar una disposición adicional al texto fundamental regulando, aunque fuese de manera transitoria, la financiación autonómica? Soñar no cuesta nada, y llegar a esto que aquí expongo sería casi un sueño de concordia, de voluntad regeneracionista, de conjunción de estadistas. Estoy de acuerdo con Sánchez, en su aparición este jueves en el foro Nueva Economía, en que no basta con invocar legalidad, legalidad, legalidad, como hace Rajoy, para resolver el problema que nos ha planteado a todos el secesionismo de una parte de la Cataluña oficial, representada en este caso por la Generalitat y sus asociados. Hay, claro, que mantener la legalidad por encima de todo, pero añadiéndole unas gotas -o unos litros- de imaginación, de generosidad y de valor. Me gustó, lo confieso, el discurso pretendidamente regeneracionista de Sánchez ante un nutrido y no sé si demasiado entusiasta foro; pero lo encontré alicorto. Regenerar la vida política nacional va mucho más allá de limitar a dos de los mandatos del presidente del Gobierno o impedir que los cargos que participan en tertulias periodísticas -como Sánchez hizo no demasiado tiempo tras- cobren por ello. La regeneración en esta España que tiene que pechar con Esquerra Republicana de Catalunya, con la incuria burocrática de siglos, con las estructuras anquilosadas de los partidos y los sindicatos, con las irregularidades -ejem- en Caja Madrid y con los sueldazos por no hacer nada en los consejos asesores de las autonomías, en esta España del desencanto y la desconfianza, reclama más, muchas más iniciativas, coraje y participación de la ciudadanía. Y eso no se obtiene en una conferencia de media hora y buenas palabras de Sánchez ni en los silencios vía plasma -o no- de Rajoy.