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De retorno – Por Fran Domínguez

   

Como decíamos ayer, parafraseando a San Juan de la Cruz, estamos de nuevo de vuelta por este lugar acotado para el solaz de la opinión, coincidiendo, además, con el maldito ébola y su protagónico momento, al menos por unos días; luego, Dios -o como lo quieran llamar- proveerá y a otra cosa mariposa -ya lo estamos viendo-. Sin intención de saturar al personal hablando del virus de marras -y lo que te rondaré morena-, el ébola -palabro tótem para la buchaca de calamidades-, a pesar de que lo hayamos tenido cerquita en forma de sospecha, seguirá siendo cosa de “otros”; nos ha tocado de refilón y “estamos preparados” (espero), aunque la gestión de la emergencia -en Madrid- haya sido de chicha y nabo.

Glosa el Cantar del Mío Cid aquello tan atinado de “que buen vasallo serías si tuvieras buen señor”, que se extrapola a nuestros científicos e investigadores, algunos lamentablemente puestos en solfa
-con cuatro duros que destinamos a Ciencia, encima- por la vía fácil del marujeo abyecto, de la crítica indiscriminada y de la ignorancia más atrevida, propia del género más homo que sapiens -tremendas burradas hemos escuchado-, en la que los políticos con mando y plaza sí que no han estado a la altura de las circunstancias en esta crisis. Lo de la Mato -no va con segundas- y el consejero de Sanidad madrileño es de traca, pero semejantes actitudes ya las conocemos en un país donde el noble acto de dimitir es una quimera, y en el que -y espero no desviarme mucho del tema, ¡no me lo puedo callar!- ocurren cosas tan kafkianas como que se propone, acepta y ratifica para comisario europeo de Cambio Climático a un señor que tenía acciones en dos compañías petroleras (es como si pusiéramos a un carnicero cuidando una piara que queremos conservar intacta), o la indecencia de las tarjetas B y de personajes como Blesa… Bueno al virus, que es lo que toca. El ébola ha venido, nos ha dado un buen susto, nos ha puesto las pilas, pero, desengañémosnos, estamos en la orilla buena, de la que se ve todo de otro color, y en la que se nos llena la boca de solidaridad, si bien cuando oteamos las orejas al lobo, pues retranqueamos y miramos para otro lado. Qué suerte vivir aquí… Lo dicho, de retorno, que no es poco.