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El revés y el derecho >

El revés y el derecho – Por Juan Cruz y Juan Manuel Bethencourt

   

Un colegio de La Vera – Por Juan Manuel Bethencourt

El protagonista de esta carta sabatina de hoy, querido Juan, eres tú. Creo que no podía ser de otro modo. ¿Qué se siente cuando le dan tu nombre a un colegio de enseñanza primaria? ¿Qué se siente si ese centro escolar es además el propio del barrio de tu infancia? Creo que semejante hecho debe conjugar emociones diversas. La niñez es un territorio difuso, pero también el escenario de la memoria grabada a fuego. Te admito que no soy capaz de evitar la piel de gallina cada vez que el azar me devuelve a las calles de Tío Pino, la barriada chicharrera de empleados de Cepsa -lo era mi padre- en la que pasé mis primeros años. Ahí empieza a forjarse el carácter. Esto me lleva a pensar en el sistema educativo como eje transformador de una sociedad, cuestión que no es tarea de un consejero, ni de un presidente, ni de un gobierno, sino de una generación entera. Esta es acaso la gran asignatura pendiente de Canarias, querido amigo, admito que es una frase hecha pero también una realidad nítida ante los ojos de quien quiera mirar y ver. Nuestros centros educativos, con independencia de su método de gestión, deberían ser las catedrales de este tiempo, y no me refiero solamente a la calidad de sus infraestructuras, sino a las cosas que ocurren dentro, que son las que de verdad importan. Los actores de la comunidad educativa creo que lo tienen claro, dentro de su intrínseca pluralidad, plagada de ejemplos luminosos, también de otros claramente reprobables que no deberían campar por sus respetos. Por desgracia, el debate sobre la educación en Canarias ha estado asociado al ruido durante demasiado tiempo. Al vicepresidente José Miguel Pérez, que firmó el decreto que convierte a un centro portuense en el colegio Juan Cruz Ruiz, en La Vera, le cabe el mérito de haber sosegado el debate sobre la educación en las Islas. Para quienes vengan después, poner este asunto en el centro de la gestión autonómica será no gobernar bien, sino algo más: alcanzar la grandeza. Muchas felicidades, y un abrazo fuerte.

La postal de la infancia – Por Juan Cruz

Gracias por evocar ese momento; los periodistas, ya sabes, estamos para hablar de lo que pasa, no de lo que nos pasa, de modo que me obligas en este caso a hacer una excepción, que me da pudor y honra a la vez. Fue uno de los momentos más hermosos de mi vida: cuando mi alcalde, Marcos Brito, a quien conozco y aprecio de muy antiguo, pues fue mi maestro, abrió el acto, cuando Manuela Armas, la viceconsejera de Educación, explicó el decreto que había firmado el consejero José Miguel Pérez, refrendando este honor que me han hecho los alumnos y los profesores del colegio de La Vera…, todos estos motivos eran suficientes para hacer crecer la emoción. Pero el momento en el que más vivamente sentí que la esencia de lo que había vivido allí de niño y de adolescente fue cuando uno de los estudiantes recitó un verso que descubrí hace algunos años y que define mi manera de ver la vida desde la infancia. Es de Michel Krüger, poeta y editor alemán, y dice: “A veces la infancia me envía una postal”. Esto que dijo el muchacho me puso un nudo en la garganta y marcó luego mis palabras a los estudiantes que estaban allí como si fueran un espejo de lo que es la consecuencia del aprendizaje: serios, voluntariosos y alegres, sabiendo comportarse con la serenidad que da el saberse bien guiados, por maestros competentes y devotos del oficio de enseñar. Pues la infancia me manda esa postal de esfuerzo, de necesidad de maestros, de respeto por ellos. Que en un sitio donde se enseña, y donde se enseña tan bien, esté representado con mi nombre y con los dos apellidos (de mi padre, de mi madre) me llevó a aquellos años en que estudiar no era tan solo aprender sino atreverse a aprender. Es muy emocionante para mí, lo fue y lo es; es también un compromiso gozoso, pues a ese gesto me debo tanto como me debo al recuerdo de mis mejores maestros, entre ellos aquel hombre y aquella mujer que me dieron el nombre y los dos apellidos con los que vivo.