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Salvar a Excalibur – Por Jorge Bethencourt

   

La leyenda cuenta que a la muerte de Arturo, uno de los caballeros de la Mesa Redonda tomó la famosa espada de su rey, Excalibur llegó hasta la orilla de un lago y lanzó el acero hacia las aguas profundas. Y que la mano de una ninfa surgió de las profundidades para aferrarla y llevársela con ella hacia la oscuridad de las frías aguas de Avalon. Como en este siglo hemos perdido el romanticismo del ciclo artúrico, ayer lanzaron a los medios informativos a un perro llamado Excalibur al que las autoridades sanitarias querían sacrificar porque es el animal de compañía de la auxiliar de enfermería contagiada con el virus del ébola. Las redes sociales se incendiaron con todo tipo de mensajes en defensa de mantener con vida al pobre animal. Hasta cierto punto parece lógico. Pero leí mensajes que me dejaron estupefacto. Hubo gente que establecía un paralelismo entre sacrificio del chucho y el genocidio del pueblo judío o la eugenesia a través de la ejecución de personas discapacitadas. Los sentimientos exacerbados se parecen mucho al fanatismo. Comprendo el amor por los animales y de hecho alguna vez he sentido un enorme cariño por algún animal. Incluso por algún humano. Pero organizar una campaña para la salvación de Excalibur me asombra partiendo de la base de que más de cuatro mil seres humanos han sido sacrificados por el desinterés y el pasotismo de todos los ciudadanos del mundo desarrollado. Imágenes de enfermos del ébola arrastrándose desde camiones hasta la entrada de chamizos llamados hospitales han pasado sin pena ni gloria por nuestras ociosas retinas. Y nada. Millones de hombres, mujeres y niños, generalmente negros, mueren cada año en África de algo tan vulgarmente estremecedor como el hambre o la sed o el sida. Y nada. ¿Salvemos a Excalibur? ¡Guau! Sí. Me conmueve un huevo.