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Stephen Hawking – Por Luis Ortega

   

Porque las profecías fueron, y serán, expresiones para el porvenir deseable, Stephen Hawking (1942) dejó, como buen deseo, un titular de su presencia en las islas -con visitas al ITER y al IAC- y su conferencia en el Auditorio tinerfeño. “Espero que la fusión nuclear sea el gran avance tecnológico de la centuria”, porque resolvería el déficit energético mundial y superaría los gases del efecto invernadero. Su estancia y declaraciones -alguna sobre Dios, cuya presencia admitió alguna vez y ahora cuestiona- animaron el festival Starmus, celebrado a finales de septiembre. Devuelto al lema de Robert Ingersoll -que dijo que “mientras las preguntas se respondan con la palabra dios, la investigación científica será imposible”- aseguró que “cada descubrimiento deja nuevos misterios” y, para cabreo o desencanto de crédulos, descartó la existencia de alienígenas y, por ende, “la conspiración norteamericana para quedarse con su tecnología”. Por el contrario, y tras insistir en que “la vida se creó de manera espontánea”, admitió la posibilidad de “otros planetas semejantes a la Tierra”, según los datos transmitidos por el satélite Képler, pero su interés radicará sólo si están localizados “en un área de habitabilidad donde pueda haber agua líquida”. Sin evidencia experimental, habló de la “teoría de cuerdas”, surgida en los años sesenta, y que podría justificar el todo, en cuanto une las grandes potencias de la naturaleza -electromagnetismo, fuerzas nucleares, fuerte y débil, y gravedad- y unifica la física cuántica y la relatividad, la tarea pendiente de Einstein. Sobre los Agujeros negros, su tema favorito, aseguró que no son “prisiones eternas y que, incluso, pueden no existir”; si existieran, afirmó “podrían salir al exterior y, también, a otro Universo, aunque si cruzan el pasillo, no se podrá volver”. “Estamos ante lo más extraño que se pueda imaginar, al punto que es el mayor combustible para la ciencia ficción”. La admiración y el interés reverencial por el notable físico teórico se basan en su habilidad para interesar al gran público en los hallazgos científicos, para avanzar y, una vez conocidas, cuestionar sus propias teorías, y por su asombrosa capacidad didáctica, que supera los handicaps físicos de la terrible ELA que padece y cuyos primeros síntomas aparecieron en el lejano 1962. En la fabulada posibilidad de los viajes en el tiempo y, “porque el pasado ya se conoce”, expresó con rotundidad su preferencia por el futuro, “porque la predicción es más difícil y atractiva”.