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El sueño de África – Por Ana Oramas*

   

Académicos, profesionales, empresarios y políticos debatirán en La Laguna hasta el próximo día 10 de octubre sobre los retos a los que se enfrenta el continente africano. Campus África, organizado por la Fundación Canaria para el Control de las Enfermedades Tropicales, es uno de los foros más importantes que se han celebrado en nuestro Archipiélago sobre un territorio en el que el florecimiento de su economía contrasta con un paisaje desolador en materia de derechos humanos, vidas rotas por la pobreza y relatos escalofriantes por las enfermedades, las guerras tribales, etcétera. Los organizadores, a los que felicito por el esfuerzo titánico realizado para que Tenerife sea el escenario de un campus con un programa extraordinario, me ofrecieron la oportunidad de compartir el escenario del Teatro Leal con María Teresa Fernández de la Vega, Vera Duarte Martins y Asunción Sánchez Zaplana, para dialogar sobre las mujeres africanas, la inmigración y el desarrollo. Este artículo es un resumen de mi ponencia sobre Inmigración y emigración: derechos humanos en el desarrollo africano.

Con titulares apocalípticos, los medios de comunicación, tan ausentes del corazón de África como la propia diplomacia, nos informan periódicamente sobre los sucesos que acontecen en nuestra orilla, en el tramo final de un viaje que muchos inician en el interior de África. ¡Qué tristeza produce la distancia que existe entre dos territorios que casi se abrazan! No solo las relaciones políticas son efímeras sino que las noticias que se difunden en Europa son tan escasas que en poco, o nada, contribuyen a que tengamos una visión más real sobre un continente que solo importa cuando supone una amenaza.

En África, donde habitan más de 1.100 millones de personas, y que en 2050 se prevé que alcance los 2.000 millones, más de 450 millones viven bajo el umbral de la pobreza. El acceso a los alimentos, la salud y la educación sigue siendo un lujo para la inmensa mayoría de africanos y, lo que es peor, la situación ha empeorado en la última década. Las gigantescas bolsas de pobreza que dominan su paisaje social arrastran a millones de personas a hacer la maleta, despedirse de su familia e iniciar un camino cuyos senderos muchos desconocen.

Emma Bonino, que lo ha sido casi todo en la Unión Europea y en su propio país, en Italia, planteaba recientemente la necesidad de que se cree un Comisionado de la UE específico para el Mediterráneo, para que las instituciones comunitarias cuenten con una estructura propia para el seguimiento de las crisis abiertas en el Norte de África y para la cooperación activa en la solución de las mismas, además de favorecer el desarrollo de dichas regiones.

Desde mi punto de vista, la propuesta de Bonino se queda corta. Lo que sucede en el Mediterráneo es la última parada de un viaje que muchos inician en el interior del continente. Y la Unión Europea debe contar con un organismo no solo para el Mediterráneo sino para toda África. Una estructura que ayude de manera constante, y no en convenciones pasajeras, a crear una sinergia entre dos territorios cuyas fronteras no solo se cruzan en las aguas del Mediterráneo sino que, además, conviven a esta altura del Atlántico.

Europa es un referente para la sociedad civil africana. Lo era para aquellos dos niños, casi adolescentes, que se refugiaron en el interior del tren de aterrizaje de un avión en Guinea Conakry, y perecieron antes de aterrizar en Bruselas con una carta dirigida a sus “excelencias los señores de Europa”. Ellos pagaron con su muerte una salida que muchos perciben como la única vía para disfrutar de una vida digna. De ahí la responsabilidad que nuestro continente debe asumir para contribuir a la estabilización política de África y, especialmente, a la consecución de uno de los pocos pasaportes que existen para frenar los movimientos migratorios: los derechos humanos. En línea con los Objetivos del Milenio para el Desarrollo, cuyo cumplimiento queda muy lejos, considero que es necesario avanzar en el desarrollo humano y social, enfatizando que hoy, más que nunca, la inversión en capital humano es la principal respuesta política frente a los desafíos de la globalización y el aumento de las desigualdades, especialmente en África.

La cooperación al desarrollo, cuyos objetivos han sido amputados por casi todos los países, debe retomar el guión trazado a principios de siglo para priorizar los derechos económicos y sociales, los derechos en materia de sexualidad y procreación, los derechos del niño, los derechos de la mujer, los derechos culturales, los derechos de las minorías, etcétera.

Además, sin unas relaciones económicas internacionales y un comercio global justo y sin una adecuada gestión de los recursos naturales africanos que sirva para mejorar las condiciones de vida y el desarrollo de las capacidades de esa gran mayoría de la población que queda excluida, no habrá ni democracia ni desarrollo en el continente. Y sin una democracia responsable ni un desarrollo equitativo, a millones de hombres y mujeres solo les quedará una salida: la emigración.

“Les desprecio tanto porque pudiendo tanto se han atrevido tan poco”. Las palabras de Albert Camus, tan severas como reales, reflejan la percepción que compartimos muchas personas con respecto a quienes continúan mirando hacia otro lado, pese a la cruda realidad que se vive en África.

*DIPUTADA DE COALICIÓN CANARIA EN EL CONGRESO