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A tus huesos – Por Jorge Bethencourt

   

Oh, Excalibur, ¿qué he hecho? Cuando tus exánimes huesos yacen ya en una fría sala de enterramientos, la culpa que me invade me hace llamar a tu memoria para ladrarte mi arrepentimiento. Escribí desde la más absoluta insensibilidad que la vida de las personas era más importante que la de un perro. ¿Por qué dije tal cosa? Obnubilado, yo qué sé, por el champán que tomaba al lado de la chimenea en el vasto salón de mi palacete de verano. Hoy miro las paredes de mi estudio, plagadas de las cabezas disecadas de esas piezas que he ido cazando año tras año en África -que maravilloso recuerdo el de aquel antílope al que disparamos Blesa y yo al alimón- y siento cómo me invade una profunda tristeza. Te escribo de pie, tal es el dolor que tengo por obedecer a quienes tanto me han mandado a tomar por el culo. Y encima, rodeado por los ladridos de dos perros, los maullidos de cinco gatos y el chillido de una cacatúa que mi chica ha comprado para reeducarme en el amor a los animales. En honor tuyo los ha llamado con los nombres de los caballeros de la Mesa Redonda, excepto Lanzarote, porque rima. Fui injusto. Lo sé. Maldita sea. Que te pusieran una inyección letal me pareció aceptable ante el riesgo de que le pegaras una mordida o un arañazo a una persona. Pero hoy, abiertos los ojos -y lo que no son los ojos- he comprendido la inmensidad de mi error. Tú deberías estar corriendo alegre por los parques de Alcorcón y la ministra, las autoridades, los sanitarios, los vecinos e, incluso, yo mismo, deberíamos ser inyectados con veneno por preocuparnos más por la vida de los humanos y, qué coño, de la nuestra propia, que de la tuya. Lo siento, Excalibur. Ya es tarde. Pero desde ese gran hueso que seguramente está hoy royendo tu alma, espero que me perdones.