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Alianza oscura – Por Saray Encinoso

   

La realidad a veces es demasiado real para ser contada. La frase se la dice un miembro del Consejo de Seguridad Nacional americano al periodista Gary Webb en las afueras de la Casa Blanca. El funcionario no quiere contestar a las preguntas del reportero. Es su manera de advertirle de que en estos tiempos no basta con saber si algo es verdad o no, que lo más difícil es decidir si estamos dispuestos a contarlo. El redactor del San José Mercury News investiga cómo la venta de droga en los barrios negros de Los Ángeles financió las armas que la CIA entregó a los rebeldes nicaragüenses para derrocar al gobierno sandinista. Esta historia real es el argumento de Matar al mensajero, un thriller donde el periodismo reivindica sin éxito su función de cuarto poder y donde se desvela cómo la ideología que marcaba esos años la política exterior fue suficiente para que el crack destrozara la vida de miles de afroamericanos.

La película, dirigida por Michael Cuesta y basada en el ensayo Dark Aliance que el propio periodista, ganador dos veces del Pulitzer, escribió, da una imagen devastadora de la profesión. Un hombre que arriesga todo simplemente porque cree que su deber, a pesar de trabajar en un medio pequeño, es publicar esa conspiración que pone en entredicho todo el trabajo de la agencia de inteligencia. Lo hace y su vida se viene abajo. Gana el premio al mejor periodista del año el mismo día que entrega su carta de renuncia y algunos días después de que su director asegurara públicamente que cometió errores y que el vínculo entre la venta de droga y el apoyo a la guerrilla no era tan férreo. El tiempo y la desclasificación de los documentos de la CIA (ahí está el origen de la investigación fuera de la gran pantalla, todo un ejemplo de transparencia que hay que aprender de los americanos) da la razón a Webb.

El filme, sin embargo, no habla solo de la presión que ejercen los poderosos para desacreditar a los más vulnerables. Es verdad que Webb no vuelve a trabajar en un medio de comunicación, que se emprendió una campaña difamatoria contra él y que siete años después de publicar el reportaje apareció muerto de dos tiros en la cabeza (la causa oficial fue el suicidio), pero el largometraje también retrata el miedo brutal a perder la reputación y la escasa confianza de los jefes en aquellos que se arriesgan solo porque creen que su deber es equivocarse mientras hacen lo correcto. La película nos recuerda que, a cualquier escala, nuestra lucha debe ser contra el poder -político y empresarial-, pero también contra la mediocridad que nos hace no querer destacar en las batallas donde no seremos héroes, pero sí necesarios.

@sarayencinoso